sábado, 2 de febrero de 2008

Darle sentido a la vida

Tenemos la posibilidad de darle sentido a la vida no sólo por medio de actos creativos y, más allá de esto, mediante la experiencia de la verdad, la belleza y la bondad, de la naturaleza y la cultura, de los seres humanos y del amor; sino también mediante el sufrimiento -si ya no podemos cambiar nuestro destino mediante la acción, lo que importa es la actitud correcta ante el mismo. Cuando ya no podemos controlar nuestro destino para reformarlo, debemos ser capaces de aceptarlo.
Para la configuración creadora de nuestro destino debemos tener coraje; para sufrir como toca, cuando nos enfrentamos a un destino inevitable e inmutable, necesitamos humildad. Incluso aquel que se encuentra en la más profunda angustia -que ni con la actividad, ni con la creatividad pueden dar valor alguno a la vida-, puede todavía dar sentido a su vida según el modo y manera como se enfrenta a su destino, como acepta el sufrimiento. Precisamente así se le da la última oportunidad de realizar valores.
Por ello, la vida tiene sentido hasta el último suspiro. La posibilidad de realizar lo que he denominado valores de actitud está presente hasta el último momento.
Con todo, el sentido de la existencia humana está amenazado no sólo por el sufrimiento, sino también por la culpa y por la muerte. Aquello que causa la culpa, aquello de que nos sentimos responsables, eso ya no puede cambiarse; pero la culpa en sí puede redimirse y aquí de nuevo todo depende de la buena actitud ante nosotros mismos.
¿Y qué decir de la muerte? ¿no destruye por completo el sentido de la vida? En modo alguno. Así como el fin pertenece a la historia, la muerte pertenece a la vida. Si la vida tiene sentido, lo tiene tanto si es larga como si es corta, con hijos o sin hijos.
La vida, en cualquier situación y hasta el último respiro, tiene sentido, retiene su sentido. Lo mismo puede decirse de la vida de un enfermo, también de una persona mentalmente enferma. La supuesta vida que no es digna de ser vivida no existe...No hay razón para dudar del sentido incluso de la más miserable de las vidas. La vida tiene un sentido incondicionado y nosotros necesitamos una creencia incondicionada en la vida.
La psicoterapia puede mantener una creencia incondicionada en el sentido de la vida, de toda vida, sólo si parte de una filosofía adecuada :una filosofía de la conciencia, una concepción del mundo, una jerarquía de valores y una imagen del hombre multidimensional.
Frankl, Psicoterapia y existencialismo, pp. 132-135

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