domingo, 6 de abril de 2008

El abrazo del oso


Este cuento se refiere a un hombre joven cuyo hijo había nacido recientemente y era la primera vez que sentía la experiencia de ser padre. En su corazón reinaban la alegría y los sentimientos de amor que brotaban a raudales dentro de su ser.

Un buen día le dieron ganas de entrar en contacto con la madre naturaleza, pues a partir del nacimiento de su bebé todo lo veía hermoso y aun el ruido de una hoja al caer le sonaba a notas musicales.

Así fue que decidió ir a un bosque; quería oir el canto de los pájaros y disfrutar toda la belleza de la naturaleza.Caminaba plácidamente, respirando la humedad que hay en estos lugares, cuando de repente vio posada en una rama a un águila que lo sorprendió por la belleza su plumaje.

El águila también había tenido la alegría de recibir a sus aguilichos y tenía como objetivo llegar hasta el río más cercano, capturar un pez y llevarlo a su nido como alimento, pues significaba una responsabilidad muy grande criar y formar a sus aguiluchos para enfrentar los retos que la vida ofrece.

El águila al notar la presencia del hombre lo miró fijamente y le preguntó:

- ¿A dónde te diriges buen hombre?, veo en tus ojos la alegría.

- Mi hijo ha nacido y he venido al bosque para disfrutar de esa bendición -contesto el hombre.

- Oye, ¿y qué piensas hacer con tu hijo? -preguntó el águila.

- Ah, pues ahora y desde ahora, siempre lo voy a proteger -respondió el hombre. Le daré de comer y jamás permitiré que pase frío. Yo me encargaré de que tenga todo lo que necesite, y día con día yo seré quien lo cubra de las inclemencias del tiempo; lo defenderé de los enemigos que pueda tener y nunca dejaré que pase situaciones difíciles. No permitiré que mi hijo pase las necesidades que yo pasé, nunca dejaré que eso suceda, porque para eso estoy aquí, para que él nunca sufra por nada.- Yo, como su padre -agregó el hombre para finalizar-, seré fuerte como un oso, y con la potencia de mis brazos lo redearé, lo abrazaré y nunca dejaré que nada ni nadie lo perturbe.

El águila no salía de su asombro, atónita lo escuchaba y no daba crédito a lo que había oído. Entonces, respirando muy hondo y sacudiendo su enorme plumaje, lo miró fijamente y dijo:

- Escúchame bien buen hombre. Cuando recibí el mandato de la naturaleza para empollar a mis hijos, también recibí el mandato de construir mi nido, un nido confortable, seguro, bien resguardado de los depredadores, pero también le he puesto ramas con muchas espinas. ¿Y sabes por qué? Porque aun cuando estas espinas están cubiertas con plumas, algún día, cuando mi aguiluchos hayan emplumado y sean fuertes para volar, haré desaparecer toda esta comodidad, y ellos ya no podrán habitar sobre las espinas, eso les obligará a abandonar el nido.

Todo el valle será para ellos, siempre y cuando realicen su propio esfuerzo para conquistarlo, sus montañas, sus ríos llenos de peces y praderas llenas de conejos. Si yo los abrazara como un osos, reprimiría sus aspiraciones y deseos de ser ellos mismos, destruiría irremisiblemente su individualidad, y haría de ellos individuos indolentes, sin ánimo de luchar, ni alegría de vivir.

Tarde que temprano lloraría mi error, pues ver a mis aguiluchos convertidos en ridículos representantes de su especie me llenaría de remordimiento y gran vergüenza, pues tendría que cosechar la impertinencia de mis actos, viendo a mi descendencia imposibilitada para tener sus propios triunfos, fracasos y errores, porque yo quise resolver todos sus problemas.

- Yo, amigo mío -dijo el águila- podría jurarte que después de Dios he de amar a mis hijos por sobre todas las cosas, pero también he de prometer que nunca seré su cómplice en la superficialidad de su inmadurez, he de entender su juventud, pero no participaré de sus excesos, me he de esmerar en conocer sus cualidades, pero también sus defectos y nunca permitiré que abusen de mí en aras de este amor que les profeso.

El águila calló y el hombre no supo qué decir, pues seguía confundido, y mientras entraba en una profunda reflexión, con gran majestuosidad levantó el vuelo y se perdió en el horizonte.

El hombre empezó a caminar mientras miraba fijamente el follaje seco disperso en el suelo, sólo pensaba en lo equivocado que estaba y el terrible error que iba a cometer al darle a su hijo el abrazo del oso.

Reconfortado, siguió caminando, sólo deseaba llegar a casa, con amor abrazar a su bebé, pensarlo que abrazarlo sólo sería por segundos, ya que el bebé empezaba a tener la necesidad de su propia libertad para mover piernas y brazos, sin que ningún oso protector se lo impidiera.

A partir de ese día ese hombre empezó a prepararse para ser el mejor de los padres.


De la Parra Paz Eric, Herencia de vida para tus hijos, pp. 40-42

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