miércoles, 13 de agosto de 2008

En el desierto

Una tarde, al cabo de una jornada tórrida, un habitante de Phoenix riega plantas de su jardín. A pesar de que el sol está ya muy bajo en el horizonte, todavía se percibe la ardiente brisa del desierto cercano. De pronto, aparece en el camino una banda de motociclistas skinheads. Empujan a nuestro jardinero, lo suben a una moto y parten. Viajan durante mucho tiempo. La noche ha caído hace rato para cuando se detienen, lo hacen bajar y lo abandonan, más muerto que vivo, en medio del desierto. Tiempo después, nuestro hombre recobra el sentido y se encuentra temblando, completamente solo y desprotegido en la noche negra como la tinta.
Poco a poco el horizonte se abre y deja entrever los primeros rayos del sol. Como todos saben, el sol en el desierto es mortal. El hombre piensa que pronto morirá. Y su mujer, que no sabe nada, y sus dos niños... ¡es horrible! Cien metros a su izquierda descubre un bosquecillo de espinos. Por lo menos, un poco de sombra. Se arrastra lo mejor que puede hasta él. Comienza entonces a tener una sed terrible. Repentinamente, un halcón se posa en un espino y pregunta a nuestro amigo:
—¿Puedo hacer algo por ti?
—Por cierto, ya ves que me muero de sed. Tengo la lengua pegada al paladar y apenas si puedo hablarte.
—¿Ves allá esa serpiente de cascabel que se desliza entre las piedras? Síguela, se dirige a un hilo de agua que corre en el valle. Con un poco de paciencia, podrás calmar tu sed.
Al atardecer, el hombre regresa al bosquecillo. El halcón todavía está allí y parece esperarlo.
—¿Necesitas algo más?
—Sí, me muero de hambre. ¿No habrá nada para comer aquí?
—¿Ves ese antílope, allá a lo lejos? Acércate y obsérvalo bien, sin dejarte ver. Se alimenta con huevos de lagarto que hay entre los cactus. Haz como él, y podrás calmar tu hambre.
El hombre hace como le ha indicado el halcón y, al amanecer vuelve y le dice:
—Bien. Tenía sed, y me enseñaste a encontrar agua. Tenía hambre y me has mostrado cómo alimentarme. Pero quizás no sepas que nosotros, los humanos, necesitamos sal para vivir.
—Eso no es problema —responde el halcón—. Sigue al zorro que anda cerca de aquí, y sería muy raro que no te condujera a la laguna salada. ¡Él también necesita sal!
Efectivamente, el zorro llega a la laguna, toma su sal. El hombre hace lo mismo. El tercer día, regresa el hombre a la sombra de los espinos. Pero el bosquecillo está completamente calcinado, no queda una brizna de sombra. Ve entonces al halcón no lejos de allí, y dice:
—Voy a morir bajo este sol ardiente, sin sombra. Pero se da cuenta de que ya sabe dónde beber, dónde comer, cómo encontrar sal, y que ha podido estar una buena parte del día a pleno sol, siguiendo a la serpiente, observando al antílope, detrás del zorro. Admite que, después de todo, sabe sobrevivir en el desierto.
El sol se levanta y el horizonte se tiñe de bellos tonos verdes, amarillos, rosados, malvas, púrpuras hasta que toma el azul índigo que tendrá el resto del día. Oye entonces el canto maravilloso de un pájaro a la distancia y el cri-cri estridente de un grillo. Siente en la piel el soplo refrescante del siroco y percibe los perfumes sutiles del desierto, todos los efluvios distantes que el viento trae. El halcón le dice:
—Eres libre, y ahora sabes cómo sobrevivir. ¿Quieres que te indique la ruta para volver a tu casa?
El hombre responde:
—Bien, creo que me puedo quedar un poco más. Sí, un poco más.
El halcón desapareció.

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