lunes, 22 de septiembre de 2008

El samurai y el monje

Un joven guerrero, conocido por todos por su nobleza y honestidad, fue a visitar a un shaij (maestro espiritual) en busca de consejos. Cuando entró en la mezquita donde el maestro realizaba el salat (postración del musulmán cinco veces al día), se sintió inferior y pensó que a pesar de haber pasado toda su vida luchando por la justicia y la paz, no se había acercado al estado de gracia del hombre que tenía frente a él. -¿Por qué me estoy sintiendo tan inferior? -preguntó al maestro-, me enfrenté muchas veces con la muerte y defendí a los más débiles, no tengo nada de qué avergonzarme. Sin embargo, al verlo meditando, he sentido que mi vida no tenía la menor importancia. -Espera. En cuanto haya atendido a todos los que me han buscado hoy, te daré la respuesta -dijo el sheij-. Durante todo el día el joven guerrero se quedó sentado en el jardín de la mezquita. Las personas entraban y salían en busca de consejos y el sheij (maestro) atendía a todos con la misma paciencia y la misma sonrisa luminosa en su rostro. El estado de ánimo del guerrero iba de mal en peor, pues había nacido para actuar, no para esperar. Por la noche, cuando ya todos habían partido, insistió: -¿Ahora podrá usted enseñarme? El shaij (maestro) lo invitó a entrar y lo llevó hasta su habitación. La luna llena brillaba en el cielo y todo el ambiente respiraba una profunda tranquilidad. -¿Ves esta luna qué bonita es?, cruzará todo el firmamento y mañana el sol volverá a brillar. Solo que la luz del sol es mucho más fuerte y consigue mostrar los detalles del paisaje que tenemos a delante: nubes, árboles, montañas. He contemplado a los dos durante años, y nunca escuché a la luna decir: -¿Por qué no tengo el mismo brillo que el sol?, ¿es que quizás soy inferior a él? -Claro que no -respondió el guerrero-, la luna y el sol son dos cosas diferentes, cada uno tiene su propia belleza. No se pueden comparar. -Entonces, ya sabes la respuesta. Somos dos personas diferentes, cada cual luchando a su manera por aquello que cree, y haciendo lo posible para tornar a este mundo mejor; el resto son solo apariencias.

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