viernes, 24 de julio de 2009

Eneatipo 8

8. LA LUJURIA. El mandón

El pecado original del “ocho” es la arrogancia y/o la lujuria. Ambas tendencias nacen de la pasionalidad y del exceso.

La lujuria es el deseo vehemente de placeres carnales. La arrogancia es la pretensión de estar en la verdad, de imponérsela a los demás o de afirmarla sin amor. Aún manteniendo abiertas ambas tendencias, tomaremos en consideración especial la arrogancia como expresión de poder que puede manifestarse de los siguientes modos.

- El control: exigencia de dominar las situaciones, vencer en una competición, imponerse en un enfrentamiento directo, hacer respetar el propio espacio y las propias opiniones.

- El predominio de la acción: la identidad de esta personalidad está vinculada a la acción y a los resultados concretos, con el peligro de descuidar o infravalorar la importancia de los sentimientos en las relaciones.

- El sarcasmo: a veces el “ocho” puede recurrir a actitudes punitivas para hacer valer su superioridad, como el sarcasmo, la ironía, la intimidación y la humillación.

- La contestación: frente a las fuerzas que obstaculizan su voluntad y sus convicciones, el “ocho” puede oponer resistencia rechazando la colaboración, provocando el conflicto, denunciando la injusticia y asumiendo una actitud rebelde.

- La intensidad: la determinación y la aparente seguridad del “ocho” puede significar falta de sensibilidad a su propio mundo afectivo, inclinación a enmascarar su vulnerabilidad y falta de respeto para con la dignidad y el valor del otro.

Lo que deben aprender los “ocho” es interiorizar la virtud de la sencillez, que se cultiva mediante la práctica de actitudes como las siguientes:

- Dejar que el niño que todos llevamos dentro se manifieste y pueda expresarse.

- Aprender a ser amados y no temidos por los demás.

- Hacerse más capaces de expresar el aspecto tierno y vulnerable de la propia naturaleza.

- Ser más atentos y sensibles a los sentimientos propios y a los ajenos, sin tratar de negarlos o esconderlos.

- Convencerse de que nadie es autosuficiente, y de que una sana dependencia de los demás es señal de humanidad y madurez.

- Reconocer que cada cual tiene su parte de verdad qué ofrecer, y no pretender imponer la propia.

- Aprender a adaptarse a las personas y a las situaciones, sin pretender ejercer el control sobre las cosas.

- Ser pacientes con el prójimo, reprimiendo el impulso da formular juicios apresurados y sumarios sobre las personas.

Tiene que tener el control. Hace demostraciones de fuerza, le encantan las luchas de poder y los enfrentamientos. Forma de vida excesiva: demasiadas cosas, sexo, trasnochador, ruidoso. Da la cara por sí mismo y por sus amigos, combativo, extremadamente protector.

Los “ocho” evolucionados son excelentes líderes, poderosos. Tratan de proteger a sus amistades de cualquier peligro.

Los “ocho” acusan una infancia combativa, donde los fuertes eran los respetados y los débiles no lo eran. La sólida coraza del “ocho” protege el corazón de un niño dependiente, prematuramente expuesto a circunstancias adversas. Para protegerse captan de inmediato las intenciones negativas de los demás. Encuentran su identidad como justicieros, enorgulleciéndose de su deseo de defender a los débiles. Su asunto principal es saber quién tiene el poder para ejercer su propio poder sobre la situación y mantener el control. Si los “ocho” se encuentran en una posición subordinada, minimizarán el hecho de que la autoridad posee control sobre su comportamiento y abusarán de los límites y de la interpretación de las reglas, hasta tener claro cuales serán las consecuencias. El “ocho” siempre considera que la verdad siempre surge durante una riña. El “ocho” no permite que se cuestione su propia opinión. En lugar de buscar alianzas o acuerdos, su estrategia es la total usurpación del poder. El modo de liberar la sobrecarga de energía que tiene consiste en excederse, crear problemas, interfiriendo en la vida de sus amistades, excediéndose con la comida, el sexo o las sustancias.
Intensidad sin medida; rebeldía. No sienten culpa ni miedo. Primitivos pero no rencor, pena o vergüenza. Posesivos, celosos, agresivos, competitivos. Llevan la verdad hasta el escándalo. Gusto por los peligros, temerarios, niegan las normas sociales; intolerancia a la frustración. Son la pura acción. No piden para no arriesgarse a una negativa, lo arrebatan. Atropelladores. Rechazan la autoridad, rompen con todo obstáculo que les impida realizar sus deseos. No aparecen por los psiquiatras.

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