martes, 26 de julio de 2011

Fátima, la hilandera y la tienda

Una vez, en una ciudad del más lejano occidente, vivía una joven llamada Fátima. Era la hija de un próspero hilandero. Un día su padre le dijo: "Ven, hija: haremos una travesía, pues tengo negocios que hacer en las islas del mar Mediterráneo. Tal vez tú encuentres a un joven atractivo, de buena posición, que podrías tomar por esposo."
Se pusieron en camino y viajaron de isla en isla, el padre haciendo sus negocios, mientras Fátima soñaba con el esposo que pronto podría ser suyo. Pero un día cuando estaban camino a Creta, se levantó una tormenta y el barco naufragó. Fátima, seminconsciente, fue arrojada a una playa cercana a Alejandría. Su padre había muerto y ella quedó totalmente desamparada.
Podía recordar sólo vagamente su vida hasta entonces ya que la experiencia del naufragio, y el haber estado expuesta a las inclemencias del mar, la habían dejado completamente exhausta.
Mientras vagaba por la arena, una familia de tejedores la encontró. A pesar de ser pobres, la llevaron a su humilde casa y le enseñaron su oficio. De esta manera, ella inició una segunda vida y en el lapso de uno o dos años volvió a ser feliz, habiéndose reconciliado con su suerte. Pero un día, estando en la playa, una banda de mercaderes de esclavos desembarcó y se la llevó, junto con otros cautivos.
A pesar de lamentarse amargamente de su suerte no encontró ninguna compasión de parte de ellos, quienes la llevaron a Estambul y la vendieron como esclava.
Por segunda vez, su mundo se había derrumbado. Ahora bien, sucedió que en el mercado había pocos compradores. Uno de ellos era un hombre que buscaba esclavos para trabajar en su aserradero, donde fabricaba mástiles para barcos. Cuando vio el abatimiento de la infortunada Fátima, decidió comprarla, pensando que de este modo, al menos, podría ofrecerle una vida un poco mejor que la que habría de recibir de otro comprador.
Llevó a Fátima a su hogar, con la intención de hacer de ella una sirvienta para su esposa. Pero cuando llegó a su casa, se enteró de que había perdido todo su dinero al ser capturado un cargamento por piratas. No podía afrontar los gastos que le ocasionaba el tener trabajadores, de modo que él, Fátima y su mujer quedaron solos para llevar a cabo la pesada tarea de fabricar mástiles.
Fátima, agradecida a su empleador por haberla rescatado, trabajó tan duramente y tan bien, que él le dio la libertad y ella llegó a ser su ayudante de confianza. Fue así como llegó a ser relativamente feliz en su tercera profesión.
Un día, el le dijo: "Fátima, quiero que vayas a Java, como mi agente, con un cargamento de mástiles; asegúrate de venderlos con provecho."
Ella se puso en camino, pero cuando el barco estuvo frente a la costa china un tifón lo hizo naufragar y, una vez más, se vio arrojada a la playa de un país desconocido. Otra vez lloró amargamente, porque sentía que en su vida nada ocurría de acuerdo con sus expectativas. Siempre que las cosas parecían andar bien, algo ocurría, destruyendo todas sus esperanzas.
"Por qué será", exclamó por tercera vez, "que siempre que intento hacer algo, ello se malogra? Por qué deben ocurrirme tantas desgracias?" Pero no hubo respuesta. De manera que se levantó de la arena y se encaminó tierra adentro.
Ahora bien, sucedía que nadie en China había oído hablar de Fátima ni sabía nada de sus problemas. Pero existía la leyenda de que un día llegaría allí cierta mujer extranjera, capaz de hacer una tienda para el Emperador. Y puesto que, en aquel entonces, en China no existía nadie que pudiera hacer tiendas, todo el mundo esperaba el cumplimiento de aquella predicción con la más vívida expectativa.
A fin de estar seguros de que esta extranjera, al llegar, no pasara inadvertida, los sucesivos emperadores de China solían mandar heraldos una vez por año a todas las ciudades y a todas las aldeas del país, pidiendo que cada mujer extranjera fuera llevada a la Corte.
Fue justamente en una de esas ocasiones cuando Fátima, agotada, llegó a una ciudad costera de China. La gente del lugar habló con ella por medio de un intérprete, explicándole que tenía que ir a ver al Emperador."Señora", dijo el Emperador, cuando Fátima fue llevada ante él, "Sabéis fabricar una tienda?""Creo que sí", dijo Fátima.
Pidió sogas, pero no las había. De modo que, recordando sus tiempos de hilandera recogió lino y fabricó las cuerdas. Luego pidió una tela fuerte, pero los chinos no tenían la clase que ella necesitaba. Entonces, utilizando sus experiencias con los tejedores de Alejandría fabricó una tela resistente para hacer tiendas. Luego vió que necesitaba parantes para la tienda, pero no existían en el país. Entonces Fátima, recordando como había sido enseñada por el fabricante de mástiles en Estambul, habilmente hizo unos sólidos parantes. Cuando estos estuvieron listos, se devanó los sesos tratando de recordar todas las tiendas que había visto en sus viajes; y he aquí que una tienda fue construida.
Cuando esta maravilla fue mostrada al Emperador de China, él ofreció a Fátima dar cabal cumplimiento a cualquier deseo que ella expresara. Ella eligió establecerse en China, donde se casó con un atractivo príncipe, y donde, rodeada por sus hijos, vivió muy feliz hasta el final de sus días.
Fue a través de estas aventuras como Fátima comprendió que lo que había parecido ser, en su momento, una experiencia desagradable, resultó ser una parte esencial en la elaboración de su felicidad final.
- A partir del relato lo invitamos a seleccionar algunos de los episodios más importantes de su vida. Mediante una serie de preguntas sobre su significado oculto, lo retamos a descubrir en ellos el "factor destino" e ir reconstruyendo poco a poco el entramado de sentido que esconden y preservan.
Contéstese a sí mismo las siguientes preguntas:
¿Qué sentido tiene lo que me está sucediendo en estos meses?
¿qué conexiones le encuentro con mi futuro?
¿qué vine a aprender?
¿cuál creo que es mi misión, en términos de aprendizaje?

José María Doria, Cuentos para aprender a aprender.

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