sábado, 13 de agosto de 2011

El secreto del Pastor (4590)

Cuentan que en un lejano país vivía un pastor tan inteligente pero tan sabio que la fama de sus consejos y opiniones llegaron a oídos del rey. Dado que tanto sus ministros como sus consejeros no lograban ordenar la administración del país y seguía el descontento popular porque aumentaban continuamente los precios, y a la gente no le alcanzaba lo que ganaba para vivir con dignidad, el rey decidió buscar al buen pastor para encargarlo de la economía y administración de su reino.
El pastor se presentó ante el rey y después de escuchar la propuesta de nombrarlo primer ministro, le contestó:
- Acepto con agrado tu propuesta pero con una condición: tener en palacio una habitación donde no pueda entrar nadie más que yo.
El rey aceptó sin problema una condición tan sencilla y el pastor comenzó a actuar como primer ministro.
Las disposiciones, decretos y leyes del pastor fueron tan oportunas, además eficaces, que pronto empezó a cambiar la situación: se estabilizaron los precios, aumentó el trabajo, la gente pudo satisfacer sus necesidades y la paz y el bienestar se adueñaron del país.
El rey se sentía muy complacido por la decisión que había tomado, pues se había traducido en tan excelentes frutos, pero algunos consejeros envidiosos del pastor, empezaron a calumniarlo siempre que podían, lo acusaban de acumular en la habitación secreta los tesoros que robaba al país y al rey.
Al comienzo el rey no les hizo caso, pero tanto le insistieron sobre los posibles peligros, hasta le insinuaron que en esa habitación el pastor se entregaba a prácticas de hechicería con la idea de preparar un complot contra él. Un buen día, para salir de una vez de dudas, mientras el primer ministro estaba en la habitación, hizo forzar la puerta con la idea de sorprenderlo entre sus riquezas y maquinaciones.
Cuando derribaron la puerta, se llevaron todos una gran sorpresa: en la habitación sólo había unos muebles muy rústicos de madera, paja, y en el centro, vestido de pastor, el primer ministro tocando en su flauta una sencilla melodía pastoril.
- ¿Por qué te has vestido así y haces esto? -le preguntí intrigado y muy desconcertado el rey.
- Señor, sin en estos momentos, que me recuerdan mis días felices pasados en la montaña con mi rebaño, no podría soportar la vida de palacio, rodeado de intrigas, mentira y envidias. Aquí sigo empeñado en ver las cosas desde los ojos de los más pobres a los que tus ministros siempre olvidaron y nunca tomaron en cuenta.
El valor de educar, Parábolas

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