miércoles, 7 de diciembre de 2011

De oro a plomo


Desde siempre la humanidad ha sido forjada por padres, maestros y sacerdotes. Estos refinados alquimistas, en sus laboratorios de la familia, escuela, gobierno e iglesia o templo, son capaces de tomar seres inocentes, confiados, puros, sanos, nobles, íntegros y relajados, y transformarlos en neuróticos, pervertidos, enfermos, sádicos, hipócritas, tímidos y llenos de culpa, ambición, celo, envidia, avidez y violencia. ¿No es extraordinario? ¡Transforman el oro en plomo!. Son una versión contraria de los alquimistas que buscaron la piedra filosofal para concertir el plomo en oro.
Toman al hombre, la obra maestra de la creación, el ser único e irrepetible, que nace completo y brillante de la gloria de Dios, oro puro; y lo convierten en plomo.
¿Qué haría una sociedad donde los padres fueran simplemente padres, los maestros, maestros, y los sacerdotes, sacerdotes? ¿Qué postura tendría una sociedad evolucionada, humana, inteligente, que vive en el amor y la gratitud para la compasión de Dios, frente a este pedacito de Oro Puro llegado del más alla?
Seguramente sería crear las condiciones para que él revele su potencial; preparar el ambiente para que este ser pueda desarrollar sus particulares talentos, sus únicas características, su exclusiva e irrepetible forma de sentir, de amar y de expresar la gloria de la existencia. Sobre todo, intentar no interferir con la pureza de su creación y poder honrar el regalo que nos ha hecho el Gran Artista.
Dayal, P.

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