jueves, 26 de enero de 2012

El alquimista distraído


Como todo el mundo sabe, los alquimistas era, en la Edad Media, hombres de ciencia que buscaban la piedra filosofal, piedra extraña que tenía el poder de transformar en oro los objetos de metal.
En un país lejano había un alquimista que esperaba encontrar la piedra mágica.
"Probaré con todas las piedras de la tierra, una tras otra; estoy seguro de que, al fin, encontraré la piedra filosofal", pensaba.
En principio parecía fácil. El alquimista ciñó su costado con una cadena de hierro y empezó a tocarla con las piedras que encontraba. Camina que camina, en cuanto distinguía una piedra nueva, la llevaba a su cadena. Era el único gesto que acabó haciendo.
Pasaron los años. El alquimista, con el cabello revuelto y sucio, el cuerpo reducido a una sombra y los labios apretados como las cerradas puertas de su corazón, seguía dando vueltas en busca de la piedra filosofal. La gente pensó que estaba loco.
En cierta ocasión, se le acercó un muchacho para preguntarle:
- "Señor, ¿dónde ha encontrado la cadena de oro que lleva a la cintura?".
El alquimista dio un salto: ¡la cadena se había convertido en oro y brillaba en su cintura! No era un sueño. Pero...¿cuándo se produjo el cambio? Se golpeó la cabeza con violencia...¿dónde y cómo, sin saberlo había logrado su sueño?
Acostumbrado a recoger piedras y tocar con ellas la cadena y, después, tirarlas, no miraba si había tenido lugar la transmutación. El pobre alquimista, pues, había encontrado la piedra filosofal, pero no la reconoció.
El sol caía en occidente tras un cielo de oro. El pobre alquimista volvió sobre sus pasos buscando la piedra. Pero su cuerpo estaba curvo y sin fuerzas, su corazón latía sin ritmo; era ya como un árbol sin raíz.

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