sábado, 11 de agosto de 2012

Santa desobediencia


Nos presentan la obediencia como un gran valor, y nadie se da cuenta de una sencillísima verdad: si todos hubiéramos sido totalmente obedientes a las tradiciones, la humanidad no habría evolucionado ni un chícharo. [...]
Cuando surge algo creativo, nuevo, tiene una fuerza mucho más grande que las mentiras de los alquimistas "Patas Pa' Arriba". Porque lo nuevo, la evolución, la creatividad, la rebelión contra las tradiciones son siempre inequívocamente la expresión de la energía creativa de Dios, contra la cual las acciones de los humanos son impotentes.
Dios sigue creando, y lo hace a través de los humanos que son capaces de infringir las reglas e inventar algo nuevo. Dios se expresa en la visión de un Miguel Ángel, en la locura de un Nijinski, en el genio de un Dostoievski, en el silencio de Buda, en la poesía de San Francisco, en las parábolas de Jesús.
Pero la sociedad no toma mucho en cuenta a estos maravillosos seres. La escuela, de hecho, descuida completamente la historia de estos místicos para poder concentrar toda la atención en enseñarte las historias de los más grandes criminales de la tierra; pretendiendo de los pobres niños, que memoricen su fecha de nacimiento, cuánta gente mataron, cuándo murieron, etc.
No importa si eres canadiense, chino o marroquí, tienes que saber de Alejandro Magno, de Hitler, de Napoleón, Mussolini, Julio César, Gengis Khan...Pero nadie te habla de Buda, Jesús, Moisés, Chuang Tzu, Mahoma, Bodhidharma, Lao Tse.
Los grandes criminales de la historia no son los protagonistas, en realidad son accidentes de la historia y hay que olvidarlos, no estudiarlos. Si acaso, que los criminólogos se ocupen de ellos para reconocerlos y evitar que se presenten otra vez. Al contrario, todos los místicos, de cualquier parte del mundo, tendrían que sere reconocidos, estudiados, masticados y digeridos desde que somos niños hasta que se vuelvan parte integrante de nuestro ser. Porque ellos son los verdaderos autorres de la historia de la humanidad, las piedras angulares del desarrollo de la conciencia.
Pero, afortunadamente, a pesar del enfoque escolar y social, la humanidad ha sido influenciada más por Buda que por Hitler, mucho más por Jesús que por Hernán Cortés.
De hecho, contrariamente a lo que muchos sostienen, la humanidad mejora de generación en generación.
La presencia de estos rebeldes, de estos outsiders, de estos excéntricos, de estos místicos medio locos, ha arrancado despacito a la humanidad de su condición primitiva y bárbara para despertarla a las cualidades humanas y, al final, a las cualidades divinas.
La diferencia entre los grandes criminales de la historia y los grandes maestros y místicos de todos los tiempos es que los criminales son reconocidos por sus contemporáneos, mientras que los místicos han sido combatidos, ofendidos, amenazados y muchas veces acaban mal. Los grandes criminales han aceptado las reglas del egoísmo, del abuso y del atropello, que son las reglas de las sociedades del mundo.
Al contrario, los místicos van siempre contra tendencia; son siempre críticos hacia la sociedad. Los personajes que han sido capaces de tocar el corazón del mundo no eran gente obediente. Eran grandes rebeldes que exponían las hipocresías que están ante los ojos de todos.

Einstein dice que todas las personas de genio sufren los ataques de las mentes mediocres, y dado que las mentes mediocres son un chingo, ya se sabe cómo acaba el asunto.
Las mentes mediocres no crean nada, sólo repiten. Siguen las reglas, o fingen seguirlas, y miran con recelo a los creadores y que se atreven a cambiar las cosas.
La obediencia es todo menos una virtud porque no se requiere ninguna inteligencia. Para ser desobediente tienes que ser inteligente y tener agallas de arriesgarte, de intentar algo por primera vez... Para seguir el camino de los padres no se requiere ninguna inteligencia.

Si los padres amaran a sus hijos, tendrían que enseñarles a ser desobedientes como Jesús y como Buda. Tendrían que enseñarles, incluso, a ser desaobedientes contra ellos. La autoridad y el respeto tendrían que ganárselo los padres dando ejemplo de coherencia y madurez, no a golpes de cinturón y mandamientos. Como padre, tu conducta tendría que ser tan noble que a los niños les venga, naturalmente, la gana de aprender de ti y ser como tú. Y si no eres capaz de ser noble, ¿qué autoridad tienes para decirles a tus hijos cómo tienen que vivir? ¿No eres tú ya bastante ejemplo de fracaso?
En lugar de forzar a las nuevas generaciones a perpetuar los mismos errores, ¿no sería más honesto rogarles que nos perdonen, que nos olviden y darles nuestra bendición para que intenten algo diferente? ¿No sería mejor invitarlos a inventar equivocaciones siempre nuevas a través de las cuales crecer? En lugar de imponerles nuestras creencias, ¿no sería mejor invitarlos a arriesgarse a caminar por senderos desconocidos?

Pero para la sociedad esto es incómodo y peligroso. Porque los seres humanos en posesión de su propia integridad y autonomía ¿cómo los controlas? Cada uno sería libre de vivir como le da la gana y ya no sería posible que vivieran según tus expectativas. Seguirían su intuición y, creando su propia forma de vivir, serían todos felices y libres. Para la sociedad esto es insoportable y para eso ocupa el trabajo de los alquimistas "Patas Pa' Arriba", que te ponen en conflicto contigo mismo (con tu cuerpo, con tu energía sexual, con tu espontaneidad), que es un conflicto con la misma naturaleza, con el universo, con Dios. En lugar de sentirse en su casa en este mundo, empieza a sentirse como un huésped en casa ajena, como alguien que tiene que pedir permiso para existir.

Al momento que entras en conflicto contigo mismo has cortado la conexión con la existencia, has perdido el arraigo en ti mismo, te has desconectado de tu raíz. Cuando esto te pasa te conviertes en un ser manipulable porque no tienes más un centro, el universo no es tu casa.

La triste realidad es que todos somos criados para responder a un proyecto que alguien tiene sobre nosotros. Nacimos libres pero al final todos nos vendimos por migajas de amor, de reconocimiento, de dinero, de seguridad o de poder. Todos nacimos como orgullosos toros llenos de enegía y todos acabamos transformados en pinche bueyes atados al yugo del destino de otros.

¡Me vale madres!, 52-62

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