sábado, 18 de agosto de 2012

Yo falso, yo verdadero


Como vimos, hay un momento dramático en la vida de cada uno de nosotros: el momento en el cual nos rendimos a la idea de que, persistiendo en ser lo que simple y naturalmente somos, no vamos a tener la posibilidad de recibir lo que necesitamos para vivir: cosas sencillas como cariño, seguridad, respeto, atención...
Este momento es el inicio de la esquizofrenia humana. En lugar de uno te vuelves dos: lo que eres para ti mismo y lo que eres para los demás.
En realidad nos volvemos más de dos, porque a los demás no les enseñamos siempre la misma cara. Al contrario, aprendemos a construir diferentes máscaras y diferentes personalidades, dependiendo de las diferentes personas y situaciones con las cuales tenemos que lidiar.
Éste es el momento más dramático de la vida espiritual de todos los seres humanos. Es el momento en el cual entra en la mente del niño la conciencia de que puede fingir ser lo que no es para manipular al mundo a su conveniencia. Éste es el momento en el cual se pierde la inocencia y, con ésta, la conexión con Dios. En otros términos, cuando todo esto pasa ya se chingó el asunto.
Ésta es la verdadera caída, la verdadera expulsión del Jardín del Edén.
Cuando tú renuncias a ti mismo y empiezas a fingir ser alguien que no eres, dejas de crecer y el proceso de transformación de la conciencia se detiene.
Te enfrentas a dos entidades, la verdadera y la falsa. La verdadera te crea siempre problemas porque no es aceptada, es criticada y castigada por no ser conforme a las reglas de la sociedad. La falsa, que es la que la sociedad acepta, al contrario, te hace ganar el respeto, la seguridad y el cariño que necesitas para vivir...o, aun si a la sociedad no le gusta, es una máscara con la cual has aprendido de cualquier forma a procurarte poder y dinero. Obviamente, entre la cara que te hace ganar respeto, dinero y seguridad, y la cara que te hace ganar desprecio, crítica y condena, ¿cuál eliges?
Aprendiste a vivir con la cara falsa y descuidar la verdadera; poniendo más energía en ganarte la respetabilidad, volviéndote un buen católico; y menos energía en ser tú mismo, o sea en cultivar la amistad con Dios.
La máscara de la personalidad bloquea el proceso de crecimiento, porque sólo lo que es verdadero crece y evoluciona. Dios creó la vida, lo que crea el hombre no tiene vitalidad propia. ¿Has visto crecer alguna vez un poste de la luz?
Es así que inviertes toda tu energía vital en construir tu personalidad que, no perteneciendo a Dios, no está viva y por lo tanto no se transforma; y todas las veces que se manifiesta tu verdadero ser, o sea lo que Dios ha creado, lo reprimes con vergüenza y culpa.
Es como decir que Dios te hizo humano y tú te esfuerzas para convertirte en una lavadora. Le pides cosas que no son su terreno. Le pides dinero, poder, que tus hijos hagan lo que tú les dices...y Dios ya te dio lo mejor que podría haciéndote perfecto en tu unicidad y  dándote todo lo que necesitabas para vivir de forma sencilla, relajada y dichosa, enfrentando la vida por lo que es, como una persona madura. La única cosa que podemos pedirle es la gracia de regresar al Jardín del Edén.
¡Es dramáticamente ridículo que haya millones de personas, en cada rincón del mundo, rogando a Dios que les arregle su lavadora! ¡Y la lavadora la construyeron ellos! ¡Él había hecho un trabajo tan bonito contigo! Le había puesto tanto amor en hacer de ti una obra de arte, que al verte transformado en una lavadora con un zumbido defectuoso a veces le vienen ganas de llorar. Y te esfuerzas por mejorar: la pintas, le cambias la llave del agua fría, le pones cinta para tapar una mancha de  óxido, le pones encima un florero, aprender inglés, te cortas el pelo, te inscribes al gimnasio, te compras una falda nueva, te vas a terapia, te pones las chichis de plástico...Luego te miras al espejo y confirmas con tristeza que, por más esfuerzos y dinero invertido, te quedaste con la misma pinche lavadora de siempre. Incluso peor: una lavadora con chichis.
Lo que tenemos que entender es que mejorar no es transformarse. Las cosas mejoran, los seres se transforman. Si tú te inmolas a la causa de tu personalidad, de tu educación, de tus tradiciones, que son todas cosas creadas por el hombre, es obvio que no hay transformación posible.
Sólo si nos rendimos a la voluntad de Dios, si nos reconectamos a nuestro ser natural, si nos volvemos otra vez parte armónica y relajada de esta existencia, podemos convertirnos en seres humanos más conscientes, más amorosos, más creativos...más divinos.
Pero ¿cómo hacemos para quitarnos de encima esta personalidad, este yo falso, para regresar a ser otra vez parte de Dios? No necesitas esforzarte, porque tú ya eres quien eres. Sólo relajándote puedes ser quien eres. Pero para ésto tienes que estar dispuesto a confiar en Dios. O aceptar el riesgo de dejar a Diosito hacer lo que quiere contigo, o no hay forma de conocer la gloria de ser humano. No hay forma de conocer la gloria de Dios.
¡Me vale madres!, 84-93

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