martes, 13 de noviembre de 2012

Los cuatro seres del Ser Humano


- La teoría está basada en el "Core Energética" de John Pierrakos y la de Thomas Krishnananda (discípulo de Osho).
- Pierrakos distingue tres niveles de ser: la máscara, la sombra y el Core o el ser superior. Muñoz Pólit no encuentra, en estos tres niveles, el espacio apropiado para los aspectos como la vulnerabilidad, los sentimientos de abandono, de tristeza, de inseguridad, etc.
- Por su parte, el modelo de Krishnananda y Gitte Amana, también tiene tres estratos: la capa de la protección o del adulto compensado, la capa de la vulnerabilidad y la capa del Core o esencia. Y aunque en la capa de la vulenrabilidad incluye los sentimientos de tristeza, el miedo, la inseguridad, el dolor, el abandono, la fragilidad, etc.; deja sin espacio a la sombra.
Otro detalle del modelo de Amana y Krishnananda es que no trabaja de manera propositiva con los elementos de la sombra porque "esta energía puediese ser un retraumatizador de la herida".
Para Muñoz, la retraumatización se produce si el terapeuta tiene sus hipótesis sobre la experiencia de la persona y ella no las menciona, o si el terapeuta impone su percepción.
- El modelo de los cuatro seres es una primera integración de los dos modelos mencionados antes. Surge de la práctica terapéutica individual y grupal, como una secuencia natural del trabajo psicodinámico con la herida: el ser de protección, el ser oculto y reprimido, el ser vulnerable y el ser esencial. Esta puede ser la secuencia de una sesión o de todo el proceso psicoterapéutico.
- Los dos primeros seres tienen una función de supervivencia ya que está para "proteger" al ser vulnerable. Paradógicamente, la dinámica de estos dos seres va en contra flujo de la necesidad de desarrollo y del crecimiento de la persona. Tal como lo asegurara Bruce Lipton, "cuando el organismo está en estado de protección, se cierra y no crece".

- El Ser de Protección.
Se desarrolla en la primera infancia, cuando el niño se integra a la familia y desarrolla los mecanismos de protección en su relación con el ambiente.
Con pocos recursos de discernimiento se enfrenta a información "tóxica" y "sana". Por ejemplo: las expectativas de las autoridades, casi siempre  fundamentadas en creencias, sueños, suposiciones, esperanzas, que escapan a la realidad del infante. Las expectativas pueden ser tan profundas que aunque no se expresen poseen una energía que toca niveles profundos en el niño, generando conductas lejanas a su ser esencial.
(Es inevitable evocar lo que se afirma en Constelaciones respecto a la ordenación de la estructura familiar y los secretos).
Las expectativas se pueden expresar como mandatos, introyectos en Terapia Gestalt, y son muy poderosas; pero cuando vienen de las heridas de los propios padres llevan una carga mayor y provocan la resistencia de los hijos para aceptarse auténticamente. Es como si se condicionara a los hijos para ser queridos o aceptados por los padres.
También se pueden expresar las expectativas con actitudes o conductas, por ejemplo: culpabilizar al niño de algo que le pasa al adulto, mostrar indiferencia, agresiones, exigencias.
Las expectativas inconscientes sobre los otros los convierten en objetos y destruyen la armonía y la intimidad.
Las expectativas cubren el agujero interior de los padres, que en lugar de sentir miedo o dolor, transforman su energía en expectativa de que alguien, o la vida misma los llenará.
Que los padres tengan una herida no es el problema, el conflicto es cuando los padres no son capaces de contenerse en su propia herida, cuando no asumen sus propias frustraciones y miedos.
Es necesario que quede claro: la exigencia y la demanda del ser de protección no tiene la fuerza necesaria para contener el ser oculto y reprimido. Por el contrario, el ser de protección genera las resistencias y las distorsiones para no autoobservar los deseos de lastimar, los juicios, las críticas y descalificaciones del ser oculto y reprimido.

- El Ser Oculto y Reprimido.
Debajo de la capa de protección están los sentimientos, las conductas, los pensamientos que la persona ha relegado sistemáticamente para ser aceptado o querido.
Cuando un padre no asume sus heridas tiende a intelectualizar la experiencia y recrea la energía negativa en los otros en forma de crítica. Se inicia pues un círculo vicioso donde los padres generan que el hijo no se sienta querido, aceptado, y comienza a crear su herida y a realizar un ajuste creativo, acomodándose y negando su ser esencial, para convertirse en la imagen que esperan sus padres.
Para protegerse de estos estímulos externos el niño cuenta con sus estrategias -la capa de protección- que luego confundirá con su esencia. Es común que un adulto deje de tener consciencia sobre su experiencia interna porque ha estado tanto tiempo a la defensiva.
El síntoma que nos ayuda a tomar consciencia de nuestra forma de vida automática en el círculo vicioso "protección-represión" es un cierto grado de adicción o coodependencia hacia ciertas actividades. Esas aparentes virtudes desde la máscara -ser de protección- para buscar la aprobación social y evitar el contacto con la experiencia, pueden ser inconscientes o tan loables como la meditación, la terapia, las prácticas de autodisciplina, la lectura, etc. También están las adicciones con su dosis de placer autodestructivo, ya sea exitando o inhibiendo el sistema nervioso pero sin contacto con las emociones profundas.

- El Ser Vulnerable.
Es una capa donde el dolor es parte de ella.
Están presentes sentimientos y experiencias suspendidos por miedo a las reacciones de los demás. Hay un mal manejo de los sentimientos ya que los evitamos, minimizándolos o exagerándolos. Algunos de ellos que están presentes son: inseguridad, fragilidad, soledad, tristeza, dolor y miedo.
Nuestra cultura no da espacio para aceptar la vulnerabilidad propia y de los demás. Vivimos el paradigma de ser fuertes.
En este ser vulnerable se encuentran las tres heridas básicas según Krishnananda y Amana: vergüenza -no sólo de lo hecho sino de lo que soy-, schock -por la violencia sufrida- y abandono -pérdidas, rechazo, etc.-. (Para Lise Bourbeau son cinco: Rechazo, Abandono, Humillación, Traición e Injusticia. En forma de acróstico sería TRAHI -del francés, traicionado-).

- El Ser Esencial -La sanación de la herida-.
El trabajo con la herida primaria puede sanarse. Esto significa que creemos en la presencia del ser esencial y en la amplitud de la perspectiva para revisar los eventos que generaron la herida. La nueva visión incluye la mirada del niño herido y aspectos más amplios de esa realidad en donde inicialmente es necesaria la aceptación de la persona, del evento que produjo la herida y sus propios sentimientos.
"Es estar con lo ocurrido en el pasado, pero que se vuelve presente en el momento que detona, ya que no se ha resuelto y está como suspendido para volverlo a experimentar y aprender de ello".
El encuentro con lo presente permite un flujo de la experiencia, fenomenológicamente hablando, en donde la conciencia puede retomar todos los elementos emocionales y aprendizaje que sostienen creencias y conductas.
Es importante tener recapitulada la realidad de la experiencia que genera la herida, con el fin de aclarar lo que nos ocurre con determinados eventos o conductas de los otros.
Las heridas son un camino y parte del proceso. No se sanan en el sentido de que desaparezcan por completo, más bien tienden a durar menos y con menor intensidad. Lo esencial es el desarrollo de la conciencia de todos los elementos que son parte de ella.
Las heridas dejan un registro en nuestro organismo que podemos llamar memoria. (Cfr. Alice Miller y los aportes de la musicoterapia). También se conservan las reacciones que fueron una salida o un medio de evitación, y que se tornan obsoletas con el tiempo. Reconocer lo que sí ocurre emocionalmente hablando y aprender sobre nosotros respecto a nuestras reacciones para protegernos, es fundamental para llegar a decidir si se quiere seguir empleando la energía para protegerse o para crecer. Todo el proceso de reconocer inicia con el referente corporal, sentir los sentimientos (contactar); luego se desarrolla la comprensión por el niño herido atrapado en sus sentimientos. No es una comprensión intelectual sino emocional que permite la resignificación de la misma experiencia, sin tener que evitar nada o a defenderse de nada. Renunciar a la protección a cambio de una compasión y comprensión es lo que marca la posibilidad de dar pasos hacia el desarrollo espiritual de la persona.
La travesía es posible vivirla gracias a que el ser esencial siempre está presente, en forma latente, esperando nuestro retorno (puede ser una alusión metafórica a la salida del paraíso perdido y el regreso a la casa paterna) Este círculo creativo podemos llamarlo sanación y el círculo vicioso generado por los tres estratos anteriores es la enfermedad.
El camino de sanación requiere de dejar la historia en el pasado y aprender de nosotros mismos. Es un camino de renuncia a los vicios internos y a las trampas. Requiere autodisciplina, honestidad y fortaleza para fluir con el dolor auténtico.
El camino de sanación construye nuevas rutas sinápticas en el cerebro, nuevas opciones de vivirnos y vivir nuestras relaciones con mayor compasión y amor. (Cfr. La Ética para errantes). La persona que siente compasión y amor por sí mismo está preparada para no "engancharse" en el juego dañino de los tres estratos.
El ser esencial es el origen de donde venimos, es la unidad, es nuestra verdadera naturaleza, es nuestro ser espiritual que hemos perdido de vista (Cfr. Fromm, Víktor Frankl, Mahrer, entre otros). Este ser espiritual emerge a la conciencia por medio del arte, la naturaleza o con el contacto significativo con otro ser humano (Cfr. Experiencias cumbre de Maslow).
Desde nuestros seres incompletos vivimos un anhelo auténtico y profundo de encontrarnos con nuestro ser esencial aunque, pardójicamente, destruimos las formas de conseguirlo: al arte se le pide que produzca dinero, lastimamos nuestras relaciones significativas y, sobre todo, nos ciclamos en el autoengaño.
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Muñoz Pólit, Víctor.
Revista Prometeo 58, 2010. Siento, luego existo. México. pp. 17-28.

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