jueves, 13 de diciembre de 2012

Moralidad y algo más, capítulo 5


Capítulo 5. La ética en un mundo que cambia.
Estamos en medio de una revolución mundial que afecta cada uno de los aspectos de nuestra existencia, obligándonos a la reinterpretación de nuestra vida y nuestro mundo.
¿Qué sucede con la ética en este contexto? ¿Es suprahistórica en sus fundamentos, sus valores y sus mandamientos? ¿O sigue la corriente del devenir histórico, y se transformará con la misma rapidez con que se transforman otros dominios de la vida de nuestros días? Si es así, ¿qué poder le queda a la ética para dar forma a la vida humana?

Algunas soluciones en la historia del pensamiento humano:
a) La solución extática-sobrenaturalista, representada por la Iglesia Católica.
Sostiene el carácter eterno e inamovible de las normas y amndamientos éticos.
Se concibe al mundo como un sistema de estructuras eternas.
Que la sustancia y la esencia de todas las cosas son de origen divino.
Que hay una jerarquía de valores que controlan la naturaleza y la actividad humana.
b) La solución dinámica-vitalista, representada por los "filósofos de la vida".
La filosofía debe expresar la vida en sus cambiantes formas y tendencias.
Los valores se producen y son retirados por los poderosos.
No hay normas independientes por encima de la vida. No hay pautas permanentes que determinen qué es lo justo.
El individuo, en lugar de ser guiado por las normas éticas que se manifiestan en su consciencia está obligado a fundir su consciencia en la consciencia del grupo.
c) La solución racionalista-progresista, representada por el sentido común anglo-sajón y expresada en la ética de la razón.
Es una consecuencia del anterior.
Cuando el pragmatismo habla de la experiencia está liquidando los criterios de verdad y las normas de lo bueno, tal como lo hace el vitalismo.
Los pragmatistas y los positivistas se refugian en la noción de un instinto ético, que se supone nos conduce hacia un equivalente ético del sentido común.
Según este punto de vista habría algunos principios eternos, la ley natural de la moral, sin las sanciones pretendidamente sobrenaturales que afirma el sistema católico. Estos principios, que están encarnados en la Declaración de Derechos Humanos, al mismo tiempo son universales y adaptables a cualquier situación humana nueva.

¿Es esta la solución al problema de la ética en un mundo que cambia?
¿Hay una solución posible, más allá de la alternativa de un absolutismo incapaz de sobrevivir a los cambios en la historia, o de un relativismo que hace del cambio en sí el principio último?
Creo que la hay, y creo que está implícita en el fundamento de la ética cristiana, es decir, en el principio del amor en el sentido griego de la palabra ágape.
Este principio es un elemento eterno, inalterable, pero cuya realización concreta depende de acciones permanentes de intuición creativa.
El amor está por encima de la ley natural del estoicismo y de la ley sobrenatural del catolicismo.
Si observamos los principios de la ley natural tal como están incorporados a la Declaración de Derechos Humanos, descubrimos que, interpretados como expresiones del principio del amor en una situación particular, son grandes, verdaderos y poderosos. Son el amor en libertad e igualdad de derechos frente a la desconsideración, la represión y la destrucción de la dignidad humana. Pero si los interpretamos como leyes eternas y las aplicamos legalísticamente en situaciones diversas, estos principios se convierten en malas ideologías utilizadas para la justificación de poderes e instituciones decadentes.
Junto al ágape está el kairos, "el momento justo, apropiado". Es el momento histórico cuando algo nuevo se manifiesta en formas temporales. La respuesta a la necesidad de una ética en un mundo que cambia es una ética determinada por el kairos.
Sólo el amor es capaz de manifestarse en cada uno de los sucesivos kairos de la historia. La ley no es capaz de hacerlo. El amor, realizándose de kairos en kairos, crea una ética que está más allá de las alternativas de las éticas absolutas o relativas.
En el mensaje cristiano el amor se manifiesta en su universalidad, y, al mismo tiempo, en su carácter concreto: el "prójimo" es el objeto inmediato del amor, y cualquiera puede convertirse en "prójimo". Todas las desigualdades entre los seres humanos son superadas, en tanto que todos los seres humanos son potencialmente hijos de Dios.
Si el amor es el principio de la ética, y si el kairos es el modo de incorporarse en contenidos concretos, ¿cómo evitarse una permanente incertidumbre, una crítica permanente que destruya la seriedad de la exigencia ética?
La ley y las instituciones son necesarias como garantes de la experiencia y la sabiduría del pasado.

Paul Tillich

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