lunes, 1 de abril de 2013

Procesamiento automático


El estudio del "funcionamiento automático" es de gran utilidad para comprender que, no obstante su destructividad y peligrosidad, se mantiene con frecuencia durante la mayor parte de la vida de las personas sin control alguno.
Se conocen algunas Respuestas como Automáticamente Bloqueadoras (RAB's) pero la automaticidad va más allá: conductas, creencias, sentimientos, pensamientos, hábitos, actitudes, etc.
Pareciera suficiente entender que algunas respuestas -independientemente de su intención- aumentan las probabilidades de que aparezcan ciertas conductas, para aplicar o dejar de aplicar inteligentemente un reforzador. Pareciera sencillo entender que una conducta automática -estúpida y destructiva- no puede ser resuelta con otras conductas automáticas como: regaños, invalidación, juicio, crítica, castigos,etc.
Sin embargo, por estúpido y difuncional que parezca, las relaciones cotidianas en un 99% están viciadas de ataques y contraataques, intentos de cambiar al otro, de decirle sus "verdades", en un círculo vicioso de "más de lo mismo", que provocará más resistencia y su respectiva "defensa". Al final, no sólo se aumenta la resistencia al cambio sino que las relaciones resultan más dañadas.
El funcionamiento automático tiene tres rasgos: 
* Inconsciente. La persona no se lo propone abiertamente y lo reconoce hasta que ya ocurrió.
* Rígido e involuntario. Parece que la persona se ve arrollada por una fuerza ajena, el estímulo externo (un reclamo, una pregunta, un gesto, un insecto) o interno.
Las respuestas automáticas tampoco se modifican con pura información. Se manifiestan de manera motora (un brinco, un grito), emocional (sensación de miedo o amenaza) o cognoscitiva (un pensamiento como "ya no me quiere").
Santiago Ramírez observa que los seres humanos tendemos a vivir las mismas emociones de la infancia una y otra vez como la partitura de una pieza musical, que aunque varíen los instrumentos, siguen fieles las notas.
El gran drama de los círculos viciosos se inicia precisamente cuando quien expresa un conflicto interno, una necesidad insatisfecha o un sentimiento fuerte, lo hace sin las condiciones mínimas, de manera indirecta, sin claridad, con agresividad, fuera de lugar, provocadora, sarcástica...automática.
Otros mecanismos automáticos son la "triangulación"  y el "pasaje a la acción". Por ejemplo, la mamá de Alejandro, ante la llegada tarde de su hijo, experimenta automáticamente esa vieja y conocida sensación de ser ignorada -y desde ese lugar no puede escuchar, sólo amenazar-. A su vez, quien recibe el reclamo -de manera automática- sólo se defiende y contraataca, incapaz de escuchar más allá de lo aparente. Sin darnos cuenta hacemos cosas para que nos pateen y luego nos quejamos amargamente.
Una respuesta automática de agresión generalmente responde a una experiencia iterna de dolor, de rechazo, de abandono, de exlcusión. Quien más lastima al otro, probablemente es quien más necesita ser entendido y, a su vez, quien menos capaz es de expresar claridad lo que le ocurre internamente.

Las conciencias de primer orden se enredan más y más en sus propias madejas automáticas en la medida de su incapacidad para dialogar y de asomarse a la experiencia del otro. La única solución es cuando un día deciden crecer y se dan cuenta de que "el otro" lo único que hace es poner el dedo sobre el botón que desencadena la automaticidad que ya traían dentro.

Aunque el fenómeno de la adicción puede ser multifactorial, parece que las respuestas automáticas emocionales conducen a patrones adictivos. Automaticidad y adicción parecen ser procesos íntimamente vinculados.
La evidencia sugiere que para cada estado emocional automático o recurrente se estimula la presencia de un neuropéptido específico que encaja en los sitios receptores de las células. Parece que las células del cuerpo, a medida que el ser humano practica su "estado mental automático favorito", desarrollan cada vez más y más receptores de dichas sustancias. Estos receptores suelen reemplazar gradualmente el lugar de otros receptores originales a través de los cuales la célula se solía nutrir de diversas sustancias necesarias -aminoácidos esenciales, vitaminas, minerales, etc.-
La persona adicta -a cualquier estado emocional o sustancia legal o ilegal- experimenta una sensación de incomodidad (ansiedad, angustia, incertidumbre) ante las condiciones internas de sus células cuando piden su dosis de endorfina -especie de morfina natural-. Así pues, las personas a través de este mecanismo, por extraño y autodestructivo que parezca, se han convertido en adictos, no a una sustancia sino a estados emocionales (controlado, víctima, inseguro, abandonado, traicionado, atacado, humillado). ¿Qué significa esto? Que paradójicamente, aunque la persona afirme intelectual, lógica y honestamente: "odio sentirme así", finalmente se comporta en sentido contrario. Que aunque afirme "odio que me critiquen", por otro lado, "se pone de pechito" y se entretiene buscando elementos para confirmar sus predicciones.
Además, parece que cada cierto tiempo -como ocurre con cualquier droga- las células experimentan un estado de abstinencia que reclaman la endorfina o enkefalina correspondiente de su "estado emocional favorito".
La gran paradoja de la infelicidad humana es que somos adictos a aquello que nos lastima.
Cuando en una relación de pareja, por lo menos uno de los cónyuges aprende a observar internamente lo previamente no observado a través de un proceso de autoconocimiento, el patrón de automaticidad puede comenzar a diluirse. Es la oportunidad de "no subirse al tren de los pensamientos automáticos" y decidir en libertad desde un lugar diferente.
Sergio Michel y Rosario Chávez

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