lunes, 22 de abril de 2013

¿Qué es lo importante?


Un monje de gran devoción e instruido, cruzaba una vez un río en barca cuando al pasar al lado de un pequeño islote, oyó una voz de un hombre que muy torpemente intentaba elevar unas plegarias. En su interior no pudo por menos que entristecerse. ¿Cómo era posible que alguien fuera capaz de entonar tan mal aquellos mantras? Tal vez aquel pobre hombre ignoraba que los mantras debían recitarse con la entonación adecuada, el ritmo y la musicalidad precisas, con la pronunciación perfecta. Decidió entonces ser generoso y desviándose de su rumbo se acercó al islote para instruir a aquel desdichado sobre la importancia de la correcta ejecución de los mantras. No en vano, se consideraba un gran especialista y aquellos mantras no tenían para él ningún secreto. Cuando arribó, pudo ver a un pobre andrajoso de aspecto sosegado cantando unos mantras con poco acierto. El monje, con serena paciencia, dedicó algunas horas a instruir minuciosamente a aquel individuo que a cada momento mostraba efusivas muestras de agradecimiento a su improvisado benefactor. Cuando entendió que por fin aquel sujeto sería capaz de recitar los mantras con cierta solvencia se despidió de él, no sin antes advertirle:
-Y recuerda, mi buen amigo, es tal la potencia de estos mantras, que su correcta pronunciación permite que un hombre sea capaz de andar sobre las aguas.
Pero apenas había recorrido unos metros con la barca, cuando oyó la voz de aquel hombre recitar los mantras aún peor que antes.
-Qué desdicha -se dijo a sí mismo-, hay personas incapaces de aprender nada de nada.
-Eh, monje -escuchó decir a su espalda muy cerca de él.
Al volverse vio al pobre andrajoso que, caminado sobre las aguas, se acercaba a su barca y le preguntaba:
-Noble monje, he olvidado ya tus instrucciones sobre el modo correcto de recitar los mantras. ¿Serías tan amable de repetírmelo de nuevo?
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La repetición precisa de fórmulas no nos alcanza la perfección espiritual. Los ritos desencarnados pierden su sentido trascendente. Las conductas automáticas, inconscientes no sirven para crecer.
El espíritu no se puede encajonar en un espacio tan estrecho como las rúbricas o las instrucciones.
Cuida que cuando quieras enseñar algo a alguien, tu motivación venga de conservar la riqueza de la experiencia personal, no sea que te sorprendas convirtiéndote en el aprendiz.
La regla mata, el Espíritu sopla donde quiere. 

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