miércoles, 22 de mayo de 2013

La vida esa bien hecha


Cuentan que hace años Dios decidió bajar a la tierra para percatarse cómo andaban las cosas, viéndolas y sintiéndolas tan de cerca como los mismos hombres. Decidió vestirse de blanco y entrevistarse con el hombre más inteligente de una comunidad de campesinos. Los sabios de aquella región dialogaron a fin de designar a uno para la gran entrevista, que se llevaría a cabo en la cima de la montaña más cercana. Se eligió a un campesino viejo, al cual le encargaron algunos cuestionamientos para ser planteados al Creador. Aquel viejo se armó de valor y se acercó a la luz blanca donde estaba Dios. Con voz nerviosa comenzó a decirle:
- Puede ser que seas Dios y que hayas creado este mundo. Probablemente has hecho todas las cosas bien, pero, por lo que yo he aprendido en los campos, tú no sabes nada de agricultura, qué bueno que has bajado a la tierra a enterarte, porque tienes cosas que aprender y rectificar.
- Con gusto me pongo a tu disposición -afirmó Dios-. Escucharé tus consejos y todo lo que señales me interesará.
- Yo creo, contestó el anciano, que hay muchos errores en eso del ciclo de la luna, el sol y las estrellas; en lo referente a las tempestades y terremotos, pero para no abrumarte, los sabios de mi pueblo sugieren que nos des el tiempo de un año, y las cosas se hagan a nuestro modo. Veremos lo que pasa, estamos seguros de que al corregir eso, nadie en el pueblo padecerá pobreza.
- ¿Qué es lo que piden? -preguntó el Altísimo.
- Que en estos doce meses no queremos truenos, ni nubarrones, mucho menos ventarrones, ni plagas para las cosechas, ni demasiado calor. Queremos que todo sea confortable para la tierra, perfecto para el trigo, los viñedos, las flores.
Dios estuvo de acuerdo con las peticiones y condiciones del campesino. Se fueron cumpliendo una a una. Todo fue confortable, cómodo, a favor; el sol cálido, la lluvia dulce y mansa, todas las cosas eran lógicas y perfectas, el trigo y las plantas crecieron mucho más que en años anteriores. Al término del plazo, Dios se presentó en los campos del anciano. Éste orgullosamente le dijo:
- ¡Mira, Señor, cómo van bien las siembras! Observa y toma consejo sobre lo que son buenas cosechas. Esta vez los frutos de todos si valdrán la pena, por muchos años tendrán bastante comida aunque no trabajen.
Pero llegó el tiempo de levantar las cosechas y, ante la sorpresa de todos los pobladores de la región, la vaina no tenía trigo, las naranjas estaban insípidas, las rosas carecían de aroma.
- Señor, preguntó el campesino, ¿qué pudo haber pasado para que todo sucediera así?
- El error estuvo, contestó Dios, en que eliminaron los elementos naturales que dan  la fuerza con la que germina y crece la semilla. Los ventarrones, los truenos, y los relámpagos son indispensables para madurar el alma de las cosechas. Todo, absolutamente todo, tiene sentido; y están ahí por algo. La vida es infinitamente sabia, no se equivoca. Las sombras se pueden convertir en orillas de luz, el día sigue a la noche, las hojas caen y nacen nuevos frutos y todo sigue un curso que al final conduce a un camino, a una resolución.

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