jueves, 20 de junio de 2013

La compasión está en los ojos


Era una noche muy fría en el norte de Virginia, hace muchos años. La barba del anciano estaba vidriada por la helada invernal, mientras esperaba que lo llevaran al otro lado del río. La espera parecía no tener fin. Su cuerpo se entumeció y tensó debido al gélido viento del norte.
Escuchó el suave y continuo ritmo de los cascos que se acercaban galopando por el helado sendero. Observó con ansiedad cuando varios jinetes tomaron la curva. Dejó que pasara el primero, sin hacer esfuerzo alguno por atraer su atención. Después pasó otro, y otro más. Finalmente, el último jinete se acercó al sitio donde se encontraba sentado el anciano, como si fuera una estatua de  nieve. Cuando este hombre se acercó, el anciano lo miró a los ojos: “Señor, ¿Le importaría llevar a un anciano al otro lado? –preguntó el anciano. Parece ser que no hay un camino para ir a pie”.

El jinete detuvo a su caballo y respondió: “Seguro, monte”. Al ver que el anciano no podía levantar su cuerpo medio congelado, el jinete desmontó y lo ayudó a montar. Llevó al anciano no sólo al otro lado del río, sino hasta su destino, a unos kilómetros de distancia.

Cuando se aproximaron a la pequeña y acogedora cabaña, la curiosidad del jinete lo obligó a preguntar: “Señor, noté que dejó pasar a varios jinetes, sin esforzarse por asegurar que lo llevaran. Cuando yo me acerqué, de inmediato me pidió que lo llevara. Siento curiosidad de saber por qué, en una noche invernal tan fría, esperó y se lo pidió al último jinete. ¿Y si me hubiera negado y lo hubiera dejado allí?”

El anciano desmontó con lentitud y miró al jinete directamente a los ojos. “He estado por aquí durante algún tiempo, ---respondió el anciano--. Creo conocer muy bien a la gente. Miré a los ojos a los otros jinetes y de inmediato noté que no les preocupaba mi situación. Hubiera sido inútil pedirles que me llevaran. Sin embargo, cuando lo miré a los ojos, su bondad y su compasión fueron evidentes. Supe que su espíritu amable aprovecharía la oportunidad para ayudarme en mi momento de necesidad”.

Esos comentarios entusiastas conmovieron profundamente al jinete. “Estoy muy agradecido por lo que dijo –comentó el jinete al anciano—. Espero nunca estar demasiado ocupado en mis propios asuntos y no responder a las necesidades de otras personas con amabilidad y compasión”.

Después de pronunciar esas palabras, Thomas Jefferson hizo que su caballo diera la vuelta y regresó a la Casa Blanca.

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