miércoles, 3 de julio de 2013

El farolero


Uno de los elementos importantes en el reencuadre de la experiencia se refiere a la comprensión vivencial “de haber dado en el pasado, lo que en el momento se tenía”. Una postura común y popular respecto al cambio, sugiere que solamente con la reprobación, muchas veces moral, de lo que se hizo mal, la persona tiene la opción de superarse. La visión de los autores de este libro, difiere de la anterior.
Los aprendizajes convertidos en patrones disfuncionales o inade- cuados, tuvieron un momento histórico en la vida de la persona donde representaron en el contexto original, la mejor y/o única opción. De alguna manera todos los aprendizajes fueron tan funcionales como les fue posible ser en las condiciones originales. Por ejemplo, el personaje “el Principito”, de Saint Exupery, decepcionado de su rosa, recorre diferentes planetas y planetitas, y se encuentra finalmente al farolero, que se había instalado definitivamente en el hábito de apagar y prender su farol con cada movimiento de rotación de su planeta.
—¿Por qué hay que estar prendiendo y apagando el farol constantemente? –le pregunta el Principito.
—Antes era más razonable, yo prendía y apagaba y tenia tiempo de descansar, pero ahora el planeta se ha hecho cada vez más pequeño y tengo que hacerlo cada treinta segundos; no tengo ni un momento de reposo, “Bon jour" –contesta el farolero.
—¿Por qué no mueves tu silla para ver para ver la puesta del sol todas las veces que quieras? –le inquiere de nuevo el Principito.
—Lo que yo más amo en la vida, es dormir, además no puedo, “es la consigna"
—¿Y qué es la consigna? –pregunta interesado el Principito.
—"La consigne c'est la consigne" le devuelve lapidariamente el farolero al pequeño curioso.

Cuando las condiciones del planeta eran otras, es decir cundo era más grande y por consecuencia el movimiento de rotación era más lento desde el punto de vista de la superficie, entonces el farolero podía dormir sus siestas entre la salida y la puesta de sol. Sin embargo las condiciones cambiaron, el tamaño de la tierra se redujo, pero la consigna permaneció inmutable. Cuando el farolero le responde al Principito, ofreciéndole como único argumento "la consigna es la consigna", solamente está retratando, a guisa de parodia, el funcionamiento humano irracional. El ser humano común y corriente repite la misma historia, la historia de la automaticidad; conserva la consigna, mantiene vigentes las mismas reglas de ayer, aun cuando las circunstancias hayan cambiado radicalmente en el tiempo presente. 

Sergio Michel y Rosario Chávez

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