miércoles, 10 de julio de 2013

Sólo lo hacía para animarlo...


Este es un relato que funciona como una autodefensa del relato para mostrar su valor.
Dos hombres, ambos enfermos de gravedad, comparten el mismo cuarto semiprivado de un hospital, a uno de ellos se le permitía sentarse durante una hora en la tarde, para drenar el liquido de sus pulmones y su cama estaba al lado de la ventana de la habitación; el otro, debía permanecer acostado de espalda todo el tiempo.
Conversaban incesantemente todo el día, hablaban de sus esposas, familiares, hogares, empleos, experiencias durante sus servicios militares, etc.
Todas las tardes cuando el compañero ubicado al lado de la ventana se sentaba, pasaba el tiempo relatándole a su compañero de cuarto lo que veía por la ventana, en cuanto el compañero de cuarto acostado de espalda no podía asomarse por la ventana y se desvivía por esos periodos de una hora durante el cual se deleitaba con los relatos de actividades y colores del mundo exterior. La ventana daba a un bello parque con un lago, los patos y cisnes se deslizaban por el agua, mientras los niños jugaban con sus botecitos a la orilla del lago, los enamorados se paseaban de la mano entre las flores multicolor en un paisaje con árboles majestuosos y en la distancia una bella vista de la ciudad.
A medida que el señor cerca de la ventana describía todo esto con detalles exquisitos, su compañero cerraba los ojos y se imaginaba un cuadro pintoresco. Una tarde describía un desfile que pasaba por el hospital y aunque no pudo escuchar la banda, pudo ver el desfile a través de su propia imaginación, basado en la narración de su compañero.
Pasaron días y semanas, y una mañana, la enfermera al entrar para el aseo matutino se encontró con el cuerpo sin vida del señor cerca de la ventana, quien había fallecido tranquilamente durante su sueño. Con mucha tristeza avisó para que trasladaran el cuerpo: el otro señor con mucha tristeza pidió que lo trasladaran cerca de la ventana; a la enfermera le agradó hacer el cambio y luego de asegurarse que estuviera cómodo, lo dejó solo. El señor, con mucho esfuerzo y dolor, se apoyó en un codo para poder mirar al mundo exterior por primera vez, pero al asomarse lo que vio fue la pared de un edificio.
Confundido y entristecido, le preguntó a la enfermera, ¿qué seria lo que animó a mi difunto compañero a describir tantas cosas maravillosas fuera de la ventana? La enfermera respondió que el señor era ciego y no podía ver la pared del edificio, entonces ella dijo: “Quizá solamente deseaba animarlo a usted".

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