miércoles, 14 de agosto de 2013

El bigote del tigre


Un día, una mujer joven fue a buscar a un gran y sabio ermitaño que vivía en una montaña, para pedirle ayuda. El ermitaño era un mago muy sabio que sabía de conjuros y pociones mágicas.
Cuando la joven, llamada Mei Yu, entró en la casa del mago, éste sin levantar los ojos de la chimenea que está mirando, dijo:
-¿por qué has venido? Mei Yu respondió:
-Oh, gran sabio. ¡Necesito tu ayuda! ¡Estoy desesperada! ¡Hazme una porción! Maestro –insistió-, si no me ayudas, estaré perdida.
-Bueno ¿cuál es tu problema? -Dijo el ermitaño.
-Se trata de mi marido -comenzó Mei Yu-. Desde que ha vuelto de la guerra se comporta de un modo extraño. Siempre está enfadado y ya casi no habla. A veces, cuando debería estar trabajando en el campo de arroz, lo veo sentado en la cima de la montaña, mirando hacia el mar.
-A veces, los hombres que han ido a la guerra se comportan así, al volver -dijo el anciano.
-¡Por favor!, quiero una poción para darle mi marido, así se volverá cariñoso y amable, como era antes.
-Muy bien, vuelve en tres días y te daré los ingredientes para esa poción.
A los tres días, Mei Yu se presentó en la puerta de la casa.
-Lo he pensado, -le dijo el sabio- puedo hacer tu poción. Pero el ingrediente principal es el bigote de un tigre vivo. Tráeme su bigote y te daré lo que necesitas.
-¡El bigote de un tigre vivo! -Exclamó la joven- ¿cómo haré para conseguirlo?
-Si esa opción es tan importante para ti, tendrás éxito. -Dijo el ermitaño. Y apartó la mirada, sin más deseos de hablar.
Mei Yu se marchó a su casa. Pensó mucho en cómo conseguiría el bigote del tigre. Tras mucho meditar, al fin se le ocurrió un plan y una noche salió de su casa con un plato de arroz y una taza llena de salsa de carne en las manos. Fue al lugar de la montaña donde sabía que vivía el tigre. Sin acercarse mucho a la cueva donde vivía, extendió el plato de comida, llamando al tigre para que viniera comer, pero esa noche el tigre no vino.
A la noche siguiente, volvió a la montaña, esta vez un poco más cerca de la cueva. De nuevo ofreció al tigre un plato de comida.
Y así continuó todas las noches, acercándose cada vez más a la cueva, cada noche unos pasos más que la anterior. Poco a poco, el tigre, desde el interior de la cueva, se acostumbró a verla allí.
Una noche, se acercó a muy pocos pasos de la cueva del tigre. Esta vez el animal dio unos pasos hacia ella y se detuvo. Ambos quedaron mirándose bajo la luna. Lo mismo ocurrió a la noche siguiente y esta vez, estaban tan cerca que, Mei Yu, pudo hablar al tigre con voz suave y tranquilizadora.
La noche siguiente, después de mirar con cuidado los ojos de la mujer, el tigre comió por primera vez los alimentos que ella le ofrecía. Después de eso, cada vez que ella subía la montaña por las noches, encontraba al tigre esperando en el camino.
Cuando el tigre había comido, Mei Yu le acariciaba suavemente la cabeza con la mano. Habían pasado casi seis meses desde la primera visita a la montaña. Una noche después de acariciar la cabeza del animal, le dijo:
-oh tigre, animal generoso, es preciso que tenga uno de tus bigotes. ¡No te enojes conmigo!
Y con un tirón, le arrancó uno de los bigotes.
El tigre no se enojó, como ella había temido. Mei Yu lo había conseguido, ¡tenía el bigote!
Loca de contenta, subió la montaña para ver al ermitaño. Había tardado seis meses en conseguirlo, un sin número de horas pasando frío y sueño. Ahora podría recuperar la ternura de su marido.
Apenas había amanecido cuando llegó:
-¡Lo tengo! ¡Tengo el bigote de un tigre vivo! Maestro, ahora podéis hacer la poción que me prometiste para que mi marido vuelva a ser cariñoso y amable.
El ermitaño tomo el bigote y lo examinó atentamente. Satisfecho, pues realmente era de tigre, se inclinó hacia adelante y lo dejó caer en el fuego que ardía en su chimenea.
La desesperación se pintó en la cara de Mei Yu.
-¡oh señor! ¡Qué has hecho con el bigote! ¿Por qué lo has tirado al fuego?

Gritó la joven mujer angustiada. El ermitaño, sólo le pregunto: -Explícame como lo conseguiste.
-Bueno, cada noche iba la montaña con un plato de comida. Después de meses de esperar, me fui ganando la confianza del tigre. Le trataba con cariño y tenía mucha paciencia. Finalmente me permitió tomar su bigote.
Aquí, Mei Yu, se echó a llorar, desconsolada, en la certeza de que todo su esfuerzo había sido en vano.
El ermitaño se acercó a ella y con gran amor le dijo:
-Ya no hace falta el bigote Mei Yu, déjame preguntarte algo: ¿es acaso un hombre más cruel que un tigre? ¿Responde menos al cariño y a la comprensión? Si puedes ganar, con cariño y paciencia, el amor y la confianza del animal salvaje y sediento de sangre como un tigre; sin duda puedes hacer lo mismo con tu marido. No necesitas más magia de la que tú misma tienes. 

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