domingo, 25 de agosto de 2013

El náufrago


Era el único superviviente de un naufragio. Salvado por una pequeña isla deshabitada.
Cada día oraba fervientemente, pidiendo a Dios que lo rescatara y todos los días oteaba el horizonte buscando ayuda, pero esta nunca llegaba.
Cansado de esperar, al cabo de un tiempo, construyó una pequeña cabaña para protegerse y guardar sus escasísimas posesiones.
Sucedió que un día, al volver de la búsqueda cotidiana de comida, encontró la pequeña choza en llamas. Las volutas de humo ascendían hacia el cielo, llevándose el viento, las cenizas de lo que se había convertido en su hogar. Lo había perdido todo. La confusión y la ira, la desesperación y el abatimiento, se apoderaron del hombre. Enojado, confundido y llorando, le recriminaba a Dios:” ¿Cómo pudiste hacerme esto? Siempre he confiado en ti, hasta hoy”.
La desesperación le sumió en el agotamiento y quedó dormido sobre la arena.
Apenas amanecía la mañana del día siguiente cuando escuchó el bramido de una sirena. Era un barco que se acercaba la isla. Venían a rescatarlo.
Tras los abrazos y la alegría les preguntó: “¿Cómo sabíais que estaba aquí?”
-“Vimos tus señales de humo”, le contestaron. “Pasamos con frecuencia por esta zona, pero jamás imaginamos que habría alguien en esta roca deshabitada”. 

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