martes, 6 de agosto de 2013

El tesoro de Bat


Natán era un anciano que vivía feliz en la gran estepa de Mongolia. Estaba a punto de cumplir los 100 años pero todavía podía cuidar de sus caballos, de sus ovejas y de sus camellos.
Cada día se despertaba muy temprano, salía de la tienda en la que vivía durante la primavera y el verano, y se paraba a ver salir el sol en el horizonte. Tenía la convicción de que esa costumbre de saludar al sol cuando éste salía, era lo que le daba la vitalidad que tenía pese a su edad.
Además de cuidar de los caballos, Natán, también ordeñaban las yeguas cada día. Con la leche que conseguía hacía su comida favorita, parecida al queso que fermentaba en el techo de su vivienda al sol. También elaboraba una bebida de sabor parecido a la cerveza. Con esto y aquello su vida era plena.
Esté día en concreto Natán, tomó un poco de queso y un poco de cerveza y fue a buscar a sus rebaños.
Mientras cabalgaba vio un chico, de unos 12 años de edad, que parecía muy triste. Estaba sentado a un lado del camino. A Natán le dio pena y decidió pararse a hablar con él.
-¿Qué te ocurre muchacho?-Preguntó.
-¿Que qué me ocurre? ¡Todo! ¡Mi vida es una desgracia!-Empezó a lamentarse el joven.- ¡Hubiera sido mejor que no hubiese nacido!
-No digas eso, pequeño. A ver, cuéntame lo que te pasa. Dicen que las penas compartidas dejan de ser penas. Para empezar, ¿cuál es tu nombre?
-Me llamo Bat- contestó el chico.
-Bat significa firme en mongol, aunque no pareces muy firme.-Apuntó el anciano.
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-Si supieras lo que me ha pasado me entenderías,- y continuó explicándole su historia en un tono muy triste.-Me he quedado sólo en el mundo. Mis padres han muerto y no tengo ni caballos, ni ovejas, ni siquiera un techo en el que cobijarme. ¡No tengo nada!
-Lo siento.-A Natán le dio mucha pena la pérdida de sus seres queridos.-Pero tienes toda la vida por delante, no lo puedes ver todo tan negro.
-¿Es que no lo ves? ¡No tengo nada! ¿Cómo viviré a partir de ahora si no tengo nada?-Exclamó el chico mientras bajaba la cabeza, intentando aguantarse las lágrimas, delante del anciano.
-¿Tú crees que no tienes nada?-Le dijo Natán con cariño.-Pues, yo veo que tienes muchos tesoros.
El chico, iracundo, subió la cabeza de golpe y mirándole a los ojos le dijo:
-Anciano, por favor no hagas chanzas de mi situación. ¿Te estás burlando de mí?
-No me estoy burlando de ti. Pero te repito que yo veo que tienes muchos tesoros y si quieres, podemos hacer un trueque.
-No tengo nada que cambiar-repitió el niño-y menos un tesoro o algo valioso como un rebaño de ovejas o un par de caballos.
-Pues, a ver qué te parece esto. Yo te doy mi rebaño de ovejas, pero a cambio tú me tienes que dar un ojo-explicó Natán.
-¿Mi ojo? ¡No, no! ¡Cómo quieres que cambie mi ojo por un rebaño de ovejas!-Se asustó el pequeño.
-¿No quieres? Pues a ver qué te parece esto: si me das tus brazos, yo te daré una manada de camellos. Me parece un buen cambio, ¿no?-Ofreció el anciano.
-¿Mis brazos? ¡No me interesa en absoluto!-Se quejó Bat.
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-Pues entonces podemos cambiar mi tienda y todo el oro que hay en ella por una sola de tus piernas.
-¡Estás loco! ¿Cómo quieres que te dé una de mis piernas? ¡No cambiaría mi pierna por nada del mundo!-Exclamó Bat cada vez más alterado y atemorizado por este viejo loco.
Natán puso la mano la barbilla y siguió preguntando:
-¿No? ¿Y si me vendieras tu brazo, una pierna y un ojo, el lote completo? Por todo eso te daría mis caballos, mis ovejas, mis camellos, la tienda y toda la plata y el oro que tengo. ¿Aceptas?- Preguntó Natán.
-¡No, no! ¡Ni por todo el oro, caballos o camellos del mundo!
Entonces Natán se incorporó y se echó a reír a grandes carcajadas.
-¿Lo ves? Tú mismo lo dices. Aunque creas que no tienes nada, cuando te ofrezco comprarte algo que es tuyo, me contestas que ni por todos mis animales ni por todo el oro del mundo. ¡Tú mismo lo estás diciendo! ¡Es mucho más valioso lo que tienes que todas mis posesiones y dinero!
Bat entendió y empezó a reflexionar sobre las palabras del anciano.
-Tus tesoros son la salud, la fortaleza y la juventud. ¿No lo ves? ¡Tú mismo eres tu tesoro! Y si, en lugar de estar aquí lamentándote, te pones a utilizar tu cabeza, tus brazos y tus piernas, podrás conseguir lo que te propongas,- explicó Natán.
El niño pareció comprender y esbozó una pequeñísima sonrisa:

-Tienes razón, he sido un necio.-Reconoció.
-Sólo necesitabas que alguien te ayudará a abrir los ojos.-Sonrió el anciano. -Y es lo que has hecho tú. Muchas gracias.


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-No hace falta que me las des.-le dijo sonriente.- Ahora, ¿quieres ayudarme a recoger la manada de caballos?- Natán subió al caballo y tendió una mano al niño-y después comeremos. ¡Tengo un queso buenísimo, ya verás!

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