lunes, 28 de octubre de 2013

De cuando el Amor se volvió ciego

La Historia de cuando el Amor se volvió ciego: 

Cuentan que una vez se reunieron en la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Y después de mucho platicar, y cuando El Aburrimiento ya había bostezado por tercera vez, La Locura, como siempre tan loca, les propuso: “¡Vamos a jugar a las escondidas!”. Ante esta invitación, La Intriga levantó la ceja intrigada y La Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: “¿A las escondidas? ¿Y cómo se juega eso?”  “Es un juego ---explicó La Locura--- en el que yo me tapo la cara para no ver y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden; y cuando haya terminado de contar los buscaré y al primero que encuentre, ocupará mi lugar para continuar con el juego, una vez que lo encuentre a todos”. Ante esa apasionante forma de explicar de La Locura, El Entusiasmo bailó acompañado de La Euforia. La Alegría se puso a brincar y de tantos saltos  terminó por convencer a La Duda para que jugara con ellos, incluso a La Apatía le llamó la atención, aunque nunca le interesaba nada.
Pero no todos quisieron participar en el juego. La Verdad prefirió no esconderse. ¿Para qué? Si al final siempre la hallaban. La Soberbia opinó que era un juego muy tonto y molesto (aunque en el fondo, lo que realmente le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella). La Cobardía prefirió no arriesgarse..., y El Pesimismo exclamó:” ¡Ay, qué complicado!, yo mejor no juego porque de seguro a mí me encuentran primero y pierdo”.
---“Uno, dos, tres...”  ---comenzó a contar La Locura---. La primera en esconderse fue La Pereza que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra que encontró en el camino. La Fe subió al cielo, y La Envidia se escondió tras la sombra de El Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad, por su parte, casi no lograba esconderse, y es que cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos, antes que para ella. Pensaba: “¿Qué tal si me escondo en un lago cristalino?, mmm..., no, no, eso es ideal para La Belleza; ¿Qué tal detrás de un gran árbol?, mmm... tampoco, ahí es ideal para La Timidez. ¿Y en el vuelo de una mariposa?, no, es lo mejor para La Voluptuosidad; ¡ya sé!, me esconderé en la ráfaga del viento..., mmm... no, ahí es ideal para La Libertad. Así buscó y buscó, hasta que se escondió en un rayito de sol. El Egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, un lugar ventilado, cómodo..., pero sólo para él. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris), y La Pasión y El Deseo, en el centro de los volcanes. El Olvido..., se me olvidó dónde se escondió, pero eso no es importante.
---“¡Un millón!” --- contó La Locura y comenzó a buscar.
La primera en aparecer fue La Pereza, estaba tan solo a tres pasos junto a una piedra. Después encontró a La Fe, es que la escuchó hablando con Dios acerca de “mover montañas”. A La Pasión y El Deseo los halló al sentir sus vibraciones cerca de los volcanes. En un descuido encontró a La Envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba El Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, pues él solito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. La Locura, luego de tanto caminar, sintió sed y acercándose al lago para beber, descubrió a La Belleza. Y con La Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre un duro tronco, sin decidir aún de qué lado ocultarse. Muy cerca de La Duda encontró a La Ignorancia, que nunca supo dónde esconderse.
Así fue encontrando a todos. El Talento entre la hierba fresca, a La Angustia en una oscura cueva, a La Mentira detrás del arco iris... (mentira, sí estaba en el fondo del océano), y hasta a El Olvido, que ya se le había olvidado  de qué se trataba el juego y seguía sin entender. Pero sólo El Amor no aparecía por ningún lado. La Locura lo buscó detrás de cada árbol, en cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas, incluso, ante su desesperación, hizo trampa y le preguntó a La Ignorancia si lo había visto, “Yo no sé nada” ---le respondió--- y cuando estaba a punto de darse por vencida en su búsqueda, La Locura divisó un pequeño rosal y observó que se movían sus flores. Entonces tomó los tallos de varias rosas y comenzó a mover fuertemente el rosal con sus ramas... de pronto, ¡un doloroso grito se escuchó! Las espinas del rosal habían herido en los ojos a El Amor; La Locura, impresionada ante tal accidente, no sabía qué hacer para disculparse; lloró, rogó, imploró, suplicó perdón y...

¡Hasta prometió ser su fiel acompañante por toda la eternidad!

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las escondidas en la tierra,  el Amor es ciego y La Locura lo acompaña.


(“La Fuerza del Pensamiento” de Alejandro Ariza).

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