martes, 3 de diciembre de 2013

El Enfoque Psicoterapéutico Centrado en la Persona

Desde un principio, el objetivo de las investigaciones del proceso centrado en la persona, fue aislar las variables que -al margen de consideraciones teóricas y técnicas- suscitaran un cambio favorable en quienes recibían la ayuda psicoterapéutica. Las conclusiones mostraron que todos los psicoterapeutas que en su práctica profesional mostraban  los más altos niveles de empatía, actitud positiva incondicional y autenticidad, fueron capaces de producir los cambios más estables y benéficos en el proceso psicoterapéutico. Dice Carkhuff (1967): “Una inferencia plenamente válida que podría derivarse de la eficacia psicoterapéutica de las condiciones enumeradas sería que dichas condiciones son operativas precisamente porque son las opuestas a aquellas otras que generaron la problemática y el mal funcionamiento psíquico. Es decir, la problemática emocional pudo haberse generado y evolucionado por la ausencia de comprensión afectuosa, respeto, aceptación, autenticidad y suficiente estimulación por parte de las personas significativas en el ambiente social del niño…”


Empatía

La actitud empática del psicoterapeuta se manifiesta en un intento de éste por comprender a fondo la experiencia de la persona y por transmitirle verbalmente esta comprensión esclarecedora.
Pretende captar la experiencia con todos los matices de sentimiento -superficial o profundo- y con todos los significados -simples o complejos- que tiene para la persona. Es un captación no evaluatoria de la experiencia, tal como ella la vive y la describe, comunicada con nitidez y afecto. 
Todas las corrientes psicoterapéuticas hablan de la importancia de la empatía para el éxito del tratamiento. Por la investigación sabemos que la interacción empática genuina agiliza el proceso de revertir la represión -o sea, de estimular la exploración consciente de la experiencia con más amplitud y profundidad- que las interpretaciones psicodinámicas o las preguntas encaminadas a formular un plan de cambio. El cliente no necesita hacer una regresión para ir integrando a su experiencia consciente elementos que habían quedado fuera de esta experiencia. A medida que la exploración de la propia experiencia va siendo más fácil, más amplia y más profunda, los elementos inhibidos o desintegrados van siendo asimilados otra vez.
La actitud empática supone que toda persona es capaz -en condiciones favorables- de explorar su propia experiencia y debido a su impulso natural al crecimiento- efectuar los cambios que considera más apropiados para sí.
Ya Adler había apuntado que la relación psicoterapéutica es más eficaz cuando el analista asume una actitud amistosa “como entre iguales”.
Así como fueron individuos autoritarios que “sabían más” o que “podían más” quienes generaron la desintegración de la experiencia y de la conducta en las personas que buscan ayuda, así, únicamente personas verdaderamente expertas, capaces de facilitar y estimular la autodeterminación, compartiendo iniciativas y responsabilidades, podrán facilitar el proceso de crecimiento personal.

Actitud positiva incondicional

Los sistemas psicoterapéuticos coinciden en la importancia de la expresión libre y espontánea de la persona que recibe ayuda, pero divergen en las conductas permitidas al psicoterapeuta en la expresión de su comprensión.
La actitud positiva incondicional puede ser descrita no sólo como permisividad, sino incluso como una actitud de manifiesto interés y aprecio por todo lo que la persona es, por todas sus conductas y por su comunicación. No es aprobación -ya que ésta puede ser tan perjudicial como la desaprobación-, sino un reconocimiento genuino y claro a todo lo que constituye la realidad interior y exterior de la persona. Las mismas conductas y actitudes “destructivas” o enfermas son tan merecedoras de comprensión y aprecio como cualquier otra experiencia, ya que estas reacciones seudoadaptativas de defensa o claramente autodestructivas y antisociales fueron producto de condiciones adversas que bloquearon de algún modo el impulso básico hacia el crecimiento y desarrollo inherente a todos los organismos vivos.
Cuando el impulso es obstaculizado por circunstancias adversas internas o ambientales, puede hacerse destructivo si no encuentra cauces para promover la adaptación y el crecimiento. La patología es entendida como un producto del mismo impulso hacia el crecimiento, cuando éste no encuentra los canales adecuados.
La actitud positiva incondicional facilita que la experiencia subjetiva de la persona resulte comprensible y manejable cuando descubre que todo en ella -aun su patología- es producto de dicho impulso. Cuando recibe genuino aprecio, los recursos de la persona en el presente se van movilizando para hacerla crecer en autoestima, y ampliar el ámbito de su conciencia. Establece, entonces, pautas más constructivas de funcionamiento y, lo más importante, siente hacia sí misma y hacia los demás la actitud positiva incondicional que está experimentando en esta nueva relación, la introyecta o internaliza y aprende a quererse a sí misma no como sería bueno que fuera, sino como realmente es.
En la persona que busca y recibe ayuda, el reforzamiento de esta actitud de aceptación, aprecio y afecto hacia sí misma por lo que realmente es constituye el núcleo de la experiencia terapéutica. Tener como objetivo el establecimiento de un repertorio de conducta “apropiado” y descuidar el reforzamiento de esta actitud de estima de la persona hacia sí misma, equivale a curar las hojas de un árbol descuidando el tronco, cuya médula es causa de la enfermedad del follaje.
Resulta difícil, en verdad, mantener una genuina actitud positiva incondicional hacia el comportamiento global de otra persona cuando no se confía en que ésta tiene la capacidad de orientar su propia existencia, de ser responsable; y se cree que son únicamente las circunstancias fisiológicas o del ambiente las determinantes de la conducta.
Desde el enfoque centrado en la persona, la actitud positiva incondicional del psicoterapeuta tiene como límites el reconocimiento del derecho de ambas personas a satisfacer en armonía sus necesidades. Los límites no derivan de modelos teóricos o de la conveniencia de imponer a otros normas éticas o profesionales que el psicoterapeuta considera convenientes para sí mismo y para los demás.

Autenticidad

En la práctica del acompañamiento personal generalmente se acepta que la mayor autenticidad o correspondencia entre lo que una persona percibe y lo que dice de sí misma es índice de buen funcionamiento psíquico. En realidad, es un objetivo de la psicoterapia, que el acompañado en la relación con el psicoterapeuta se vaya liberando del conflicto y de la inconsistencia entre lo que experimenta y lo que expresa de sí mismo.
La investigación ha demostrado que la relación psicoterapéutica es, ante todo, una relación de comunicación entre dos personas. Y como el objeto de la relación es que el cliente llegue a funcionar mejor, únicamente aquellos aspectos de la conducta del psicoterapeuta que lo manifiestan como persona tendrá influencia directa y predominante.
Desde el enfoque centrado en la persona, el facilitador está consciente de estas percepciones en su clientela y del influjo que tienen en el mismo proceso de acompañamiento. En efecto, él es un modelo de identificación para quien ayuda, tan importante como los padres o como los seres más significativos en la vida de su clientela. De aquí que la transmisión de valores a través de mensajes verbales y no verbales que se intercambien en la relación psicoterapéutica se convierta en realidad ineludible.
La honradez en la comunicación de a propia experiencia se aprende mejor de quien se comunica de forma honesta; así mismo, la aceptación de uno mismo y la estima de los propios recursos y de la propia conducta se aprenden más a través de la relación con una persona que se valora a sí misma y sus propios recursos y conducta, de una manera honrada, no defensiva.
El facilitador se convierte en el elemento básico del proceso de reconstrucción al mostrar su capacidad de escuchar con atención no dividida, de mostrar genuino aprecio por todos y cada uno de los elementos de la comunicación que recibe, de clarificar y ordenar esta comunicación sin distorsionarla; al mismo tiempo que facilita una amplia y profunda expresión de la experiencia de su cliente y favorece que sus actitudes como facilitador sean poco a poco introyectadas por el cliente. Por ejemplo: cuando responde clara y honestamente a las preguntas de tipo personal de su cliente, está transmitiendo un mensaje no verbal de que para mantener la propia estima no es necesario ser defensivo y de que, inclusive cuando se es defensivo, es posible reconocerlo y no perder la autoestima. Si es capaz de expresar sus propios sentimientos y reacciones emocionales,  manteniendo el respeto y la estima por sí mismo y por su cliente, está al mismo tiempo mostrando que es posible expresar y manejar los sentimientos, sin tener que justificarlos o racionalizarlos.
La condición indispensable para que el psicoterapeuta pueda ser un agente facilitador del cambio favorable y permanente es que él mismo esté genuinamente en búsqueda de su propio crecimiento. En el enfoque centrado en la persona, el facilitador emerge en la relación psicoterapéutica con toda la vulnerabilidad de su ser real. No ocultar esta vulnerabilidad ha demostrado ser más efectivo para obtener resultados favorables a través del proceso, que la imagen de un terapeuta profesional inalcanzable, capaz de situarse por encima de la problemática humana y evaluarla y explicarla. 
El terapeuta no puede ser un agente neutro  en el proceso. La persona se manifiesta a través de los más insignificantes matices de su comportamiento: la forma de saludar, el tono de voz, la ropa, el mobiliario de la oficina, la forma y el estilo de intervenir o de interpretar, y muchos otros elementos no verbales hablan de la persona que realmente es el psicoterapeuta.
La autenticidad en la relación interpersonal le quita tonos dogmáticos y autoritarios al manifestar sus puntos de vista y lo hace más humilde y modesto al emitir sus hipótesis o hacer interpretaciones. Consciente de que en la comunicación siempre hay elementos que desconoce, tendrá que manifestar sus percepciones de forma tentativa, abierto a entender más. Tendrá que bajarse del sillón del maestro a la arena de la vida y aceptarse como un compañero de búsqueda.

Dimensión Existencial Humanista

El enfoque centrado en la persona puede considerarse como una nueva corriente psicoterapéutica existencial, ya que sus postulados empíricos son similares a los presupuestos de las corrientes psicoterapéuticas existenciales que tuvieron su origen en la filosofía existencial europea y en la metodología fenomenológica.
Es común a estos sistemas considerar la experiencia subjetiva y cambiante del individuo como “la realidad” y la percepción de esta realidad influyendo en la organización e integración de la experiencia interna. Percepción-Experiencia interna establecen una cadena retroalimentadora que puede ser influida en un sentido positivo como en uno negativo.
El organismo reacciona como una totalidad organizada ante el campo fenoménico de su percepción y manifiesta una tendencia o impulso básico a actualizar, mantener y desarrollar el organismo experienciante. El organismo se mueve suavemente hacia la autorrealización y el crecimiento y, sin embargo, en la totalidad de los individuos, el esfuerzo que supone mantener una dirección progresiva en el crecimiento genera mayor satisfacción que los goces secundarios y efímeros, aunque reales, de no avanzar en esta dirección o de retroceder.
Así, la conducta humana puede ser descrita como el esfuerzo intencional del organismo por satisfacer sus necesidades, tal como las experimenta ahora, en el campo fenoménico de su experiencia o realidad, como ésta es percibida por él. La conducta no es propiamente “causada” por algo que sucedió en el pasado, sino por las tensiones fisiológicas y psicológicas experimentadas en el presente, que, aunque es probable que tuvieran antecedentes en el pasado, son las únicas que el organismo puede reducir. Así como experiencias anteriores generaron los hábitos emocionales y las conductas en el pasado, las tensiones del presente y la experiencia actual, percibida y simbolizada “aquí y ahora” proporcionan los elementos del cambio hoy. La experiencia pasada incide en la experiencia total por su realidad contemporánea y no por su realidad histórica, que es sólo un antecedente, no necesariamente causal, de la realidad de hoy.
A medida que se suceden las experiencias en la vida, éstas van sino percibidas, simbolizadas y organizadas en relación con la imagen que el individuo se va formando de sí mismo. Si estas experiencias son satisfactorias y compatibles con una imagen aceptable de sí mismo, van siendo INTEGRADAS; si, por el contrario, son percibidas como amenazadoras y destructivas, pueden ser RESIGNIFICADAS a favor de uno mismo o de los demás, o en contra de uno mismo o de los demás al ser totalmente DISTORSIONADAS o totalmente IGNORADAS. A una de estas cinco pautas de percepción de la experiencia pueden obedecer todas las modalidades de la conducta del organismo humano.
     - A medida que experiencias distorsionadas o negadas en el pasado empiezan a ser vividas en el presente sin amenazas para la imagen de uno mismo, es decir, cuando son asociadas con experiencias favorables a esta imagen a través de la relación con el facilitador, van pasando a formar parte de la experiencia total y a ser aprovechadas de forma constructiva consciente.
     - Toda experiencia visceral, sensorial o cognoscitiva que es percibida como amenaza a la imagen de uno mismo genera un estado de ansiedad que pone en movimiento todos los recursos para transformar dicha experiencia en favorable a la propia imagen. Si los esfuerzos resultan inútiles, la propia imagen se deteriora. Si la amenaza resulta intolerable, la experiencia es distorsionada o negada.
Los trastornos emocionales no fueron generados por procesos conceptuales, sino por experiencias vividas en un momento dado, en un “aquí y ahora” en el pasado de la persona. De tal suerte que si la comprensión racional y conceptual sustituye a la experiencia actual, se están desaprovechando los elementos más valiosos para la reconstrucción y el cambio. ¿Qué importa que la persona en un momento dado no tenga una comprensión profunda de la génesis de su problemática emocional?. Lo verdaderamente importante es sentirse mejor consigo mismo., ampliar el ámbito de su experiencia interna y externa, sentirse menos dependiente de los demás, más responsable de sus propias decisiones en la vida y establecer pautas de conducta más favorables al propio crecimiento y al de las otras personas con quienes se relaciona.
El objetivo inmediato, operacionalmente formulado, del proceso psicoterapéutico podría ser, en consecuencia, modificar la percepción que la persona en busca de ayuda tiene de sí misma, a través de la experiencia “aquí y ahora” de la relación terapéutica, más que la comprensión intelectual de la dinámica que generó las distorsiones perceptuales.
Independientemente de variaciones de matiz, los sistemas psicoterapéuticos existenciales consideran que el hombre únicamente es capaz de aprender sobre sí mismo a través de sus relaciones con otros seres humanos. Así como las relaciones con otros generaron un aprendizaje defectuoso sobre sí mismo, y deformaciones perceptuales que se encuentran en la base de todo trastorno psíquico, de igual manera una percepción satisfactoria y un aprendizaje creativo y constructivo sobre la propia experiencia sólo pueden llevarse a cabo a través de relaciones interpersonales que refuercen consistentemente la estima por ese yo único, distinto e irrepetible, a través de otro ser humano.
Los sistemas psicológicos existenciales coinciden en no perder de vista -en la interacción presente de cada una de las sesiones- el objetivo final del proceso: facilitar en la persona que busca ayuda la libertad para actuar en congruencia consigo misma y para asumir una creciente responsabilidad por sus acciones.

Lafarga, J. Desarrollo Humano. El crecimiento personal
capítulo 9, pp. 139-157 

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