viernes, 17 de enero de 2014

El avaro


El granjero salió del bosque y llegó al claro que estaba en el linde de la maleza. En aquella soledad encontró a un anciano que tiritaba lastimeramente. Sólo una harapienta capa le cubría el cuerpo del crudo frío invernal. Sus cabellos grises estaban” insertados como plumas alrededor de la cabeza, y su barba era larga y desaliñada. Con manos trémulas se secó las lágrímas, pero siguió gimiendo.
El buen granjero se apiadó de él y le dijo, bondadosamente:
-Dime, amigo mío, ¿qué te sucede?
-¡Algo terrible! ¡Espantoso! -exclamó el viejo, entre sollozos- Vendí mi casa, mis tierras y todo lo que tenía, y oculté en este agujero el oro que me dieron por ellos. Y ahora, ha desaparecido …, desaparecido …, ¡desaparecido!
Y, nuevamente, las lágrimas le resbalaron por las mejillas.
-Temo que estás sufriendo el castigo del avaro -dijo sabiamente el granjero-. Has permutado tus cosas buenas y útiles por un montón de oro inservible, que no puedes comer ni usar como ropa. ¡Aquí tienes! -agregó-. Mira esta piedra. ¡Entiérrala y piensa que es tu pedazo de oro! ¡Nunca notarás la diferencia!
Y el granjero siguió su camino, abandonando al lloroso viejo.

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