lunes, 20 de enero de 2014

El giro interpretativo en psicoterapia (II)

- En la literatura de la terapia familiar existe una interesante analogía para explicar “el cambio de premisas que rigen a un sistema” (Watzlawick, 1974). Se trata del juego de los nueve puntos que deben ser conectados entre sí mediante cuatro líneas rectas, sin levantar el lápiz del papel:
Como lo menciona Watzlawick, casi todas las personas que intentan resolverlo introducen como parte de la solución un supuesto que hace imposible resolverlo, esto es, el supuesto de que los puntos constituyen un cuadrado y que la solución debe hallarse dentro de éste, condición autoimpuesta que no está contenida en las instrucciones, dice Watzlawick, y una analogía evidente con multitud de situaciones en la vida real.
Es un excelente ejemplo acerca de los propósitos y de las posibilidades que nos están brindando las nuevas orientaciones en psicoterapia -incluida la orientación sintética y constructivista del propio Watzlawick-, sobre todo, "si sabemos que las reglas del juego sólo son “reales” en la medida en que las hemos creado o las hemos aceptado y -por tanto- que podemos cambiarlas”. Así, se vería sensato y consecuente la posibilidad de generar un “cambio” en las reglas de juego que pudieran tener “atrapada” a una persona en alguna problemática y, por tanto, en las premisas que pudieran estarle impidiendo ver una “salida” o “solución”.
Considero fundamental que en la terapia logremos “ubicar”, con la mayor sensibilidad posible, la problemática de las personas dentro del más amplio contexto social e histórico contemporáneo -lo válido, lo permitido, lo ético, etc.-, diferenciándolo de épocas y contextos del pasado. Esto es importante, sobre todo, si estamos de acuerdo en que muchas de las “patologías” del pasado ahora son una peculiaridad, una idiosincrasia (Sluzki, 1984) o un derecho civil o humano (Limón, 1997), para, a partir de ello, ayudarles a “construir una realidad” que les evite el sufrimiento y les proporcione alternativas de vida más “realistas” y satisfactorias. Se trata de un proceso que podría facilitarles analizar sus propias prácticas discursivas, de una sagaz pero cautelosa plática que nos ayude a ver hasta qué punto es posible pensar de otra manera pero, sobre todo, de un proceso que les permita a las personas ampliar sus propios "márgenes de libertad” para, con ello, promover “el cultivo de sí mismo” foucaultiano: “Debemos promover nuevas formas de subjetividad mediante el rechazo del tipo de individualidad que se nos ha impuesto durante siglos”. (Foucault, 1979, pp. 234-235).

- Si estamos de acuerdo en que no existen discursos privilegiados para hablar acerca de la realidad, que cuando nos referimos a “la realidad” estamos hablando de convenciones culturales e históricas mediadas por el lenguaje, y de que estamos inmersos en “juegos de lenguaje”, entonces creo que estamos en la mejor posibilidad para considerar algunas aportaciones para nuestros objetivos en psicoterapia: ayudar a las personas con problemas. Y nuestra fórmula podría ser ampliada para arriesgarnos a considerar que, dentro de ciertos límites, y bajo ciertas circunstancias, todo, eventualmente, puede ser válido y servir para ayudar a las personas con problemas, tanto para el caso de las “técnicas” utilizadas como para el caso de las alternativas de vida que puedan surgir en la conversación. “El desafío está en la negociación y la co-construcción de maneras de ser viables y sostenibles, que convengan a la familia, al terapeuta y a las formas de obrar culturalmente aceptadas”. (Cecchin, 1992).

- Otro asunto a considerar en las terapias narrativas son algunos tópicos que han delimitado las propuestas y formas de trabajo dentro de esta tendencia.
Uno de estos es nuestra inercia acrítica sobre el respeto que nos merecen todas las formas de ser y de pensar. El otro, con las ideas no suficientemente bien interpretadas sobre el “no saber” del terapeuta o de que “el cliente es el experto”. Son ideas valiosas e innovadoras pero que al mismo tiempo contienen connotaciones que pueden ocultar otras posibilidades.
¿Qué tan experto es el cliente para poder “ver” otras opciones? ¿Hasta dónde puede ser respetuoso el terapeuta, sobre todo en casos extremos, como sucede con la violencia intrafamiliar, con el maltrato a los niños o con el abuso sexual? ¿Qué tanto puedo influir como terapeuta con mi propio sistema de creencias y valores?
El terapeuta no puede asistir a terapia desprovisto de ideas, experiencias y construcciones de "la realidad”; el desafío está enfocado a la negociación y a la co-construcción de maneras de ser viables y sostenibles que convengan a la familia, al terapeuta y a las formas de obrar culturalmente aceptadas. Por ello, la posición del “no saber” no significa que los terapeutas sean pantallas en blanco sobre los cuales se puedan escribir historias, sino partícipes activos en su co-creación. La mayoría de la gente que acude a terapia posee ciertas normas culturales y valores aceptados -aunque nosotros no los compartamos-, y existen casos que sí requieren de una intromisión mucho más acusada de nuestra parte, incluso solicitada por el propio paciente o por algún miembro de la familia -como en los casos de conductas de alto riesgo para alguno de sus integrantes-.
De aquí se desprende la necesidad de matizar o relativizar la idea genérica de la “expertez del cliente” y de una, si se me permite la alegoría-, "cuidadosa falta de respeto” a ciertas inercias sociales o costumbres, ideas inaceptables, o sistemas de creencias inapropiados (dentro de su contexto social). En este sentido, dentro de ciertos límites necesarios de respeto, en algunos casos quizá podría requerirse una severa o híspida intervención para tratar de “impactar fuertemente al sistema” y, con ello, buscar positivamente el cambio. Por ejemplo, cuando esté en riesgo la vida o la estabilidad emocional de un “paciente” o terceras personas.
Por esto, quizá convenga una postura crítica, “irrespetuosa” o “irreverente”, en donde el terapeuta "asuma la responsabilidad de sus convicciones, las coloque dentro de un contexto cultural, ofrezca una interpretación alternativa, coloque la convicción en un marco temporal y aclare que estas convicciones no son una verdad independiente del observador y del contexto, sino el resultado de normas éticas que surgen de la historia personal del terapeuta, de su orientación teórica y del contexto cultural” (Cecchin,1992).
Por supuesto que no se trata de “patologizar” o “satanizar” a la persona con algún comportamiento presumiblemente “inapropiado”, ni tampoco se trata de rebasar nuestros límites de respeto, pues no deberíamos dejar de considerar que la forma de actuar está ligada a la forma de pensar, y que el pensamiento está ligado a la tradición -como lo dijera Foucault-; y que la tradición suele ser restrictiva. Por eso, quizá el papel del terapeuta sea el del intelectual, “para enseñar a la gente que son más libres de lo que sienten y que la “verdad” ha sido construida en algún momento de la historia y que esa evidencia puede ser criticada y destruida”. (Foucault, 1988).
Para la psicoterapia, tiene más sentido la palabra derridiana “de-construcción” (descomposición del conjunto) y no destrucción. Aunque Derrida en un principio trataba de adaptar a su discurso las palabras Destruktion heideggeriana o Abbau husserliano, en francés el término implicaba demasiado visiblemente una “destrucción”, una aniquilación, lo que la hacía ver como una reducción negativa más próxima a la “demolición” nietzscheana que como la interpretación heideggeriana del tipo que proponía Derrida.

- ¿Quién es el experto? No pretendemos entender que somos expertos en el sentido tradicional de que sabemos lo que le pasa a las personas y que tenemos la solución a sus problemas (un conocimiento y una solución desde el marco teórico del terapeuta y alejado de los sistemas de creencias de las personas). En este modelo somos “expertos” en la conversación, pues tenemos la habilidad para escuchar a las personas dentro de su propio sistema de significados, para charlar en la de-construcción o des-sedimentación de los estratos de sentido de su problemática, y en analizar con ellas las opciones existentes. Pero son ellas, las personas, las que conocen mejor el caso y, sobre todo, las que toman la última decisión sobre los caminos a seguir después de la terapia.
Aunque para algunas personas estas conversaciones suelen ser más que suficientes, esclarecedoras o gratificantes, otras podrían estar “atrapadas” en sistemas de creencias muy cerrados o en rígidas pautas relacionales que les estarían dificultando ver las “salidas” a sus problemas. Es en esos casos donde pienso que el terapeuta tendría que ir más allá de esas pautas y sistemas tan cerrados para aventurarse, con cautela fuera de los márgenes originales entre los que pudiera estar “atrapada” la persona -“los nueve puntos mencionados”- en donde pudiera ser pertinente incursionar con nuevas formas de subjetivación. Dígase lo mismo de las crisis.
Como se puede ver, las posibilidades que se nos abren con la perspectiva postmoderna son múltiples, creativas y muy estimulantes, sobre todo para buscar alternativas de vida con las personas que buscan ayuda en la terapia. Se trata de conversar, charlar o platicar, con todos los matices e inflexiones culturales que esto implica, para intentar cambiar algo en el espíritu de la gente y, con ello, buscar promover cambios múltiples que nos ayuden a generar proyectos de vida alternativos.

- Sobre el tiempo más apropiado para la psicoterapia, sin buscar descalificar ninguna forma de trabajo terapéutico, en mi opinión, se trata de un “criterio” infiltrado por una forma social de producción que no considero necesariamente pertinente. Los criterios temporales nos hablan de una forma económica de producción que requiere resultados “concretos” y “eficientes” en el menor tiempo posible. Sin embargo, más que hablar de “problemas concretos”, de “objetivos” o de “resultados”, me parece que las tendencias de corte hermenéutico o postmoderno nos están invitando a estar más atentos al proceso mismo y sus propios tiempos, En otras palabras, con la búsqueda de una transición más acorde y armoniosa a los propios tiempos y requerimientos de cada persona.
Me parece importante aquí hacer una analogía con las palabras de Kuhn, respecto del cambio paradigmático en las revoluciones científicas. Kuhn menciona que la primera característica general del cambio revolucionario es el ordenamiento súbito, por sí mismo, de los fragmentos que configuran el nuevo paradigma. Al mismo tiempo, Kuhn acota que parece indudable que la formación de un nuevo paradigma puede llevar mucho tiempo y, sobre todo, que posteriormente deja mucho “trabajo de limpieza” que es necesario hacer poco a poco, independientemente de que el cambio “fundamental” implique una transformación “relativamente súbita”.
¿Podríamos “adaptar” o “transferir” al proceso terapéutico la idea kuhniana? Creo que sí, aunque en la mayoría de los casos no se pretenda llegar a una “transición paradigmática”, pues los “cambios en la manera de pensar” o las “alternativas de vida” se realizan dentro de los mismos valores y creencias con los que llegan las personas y sólo algunos casos requieren de una transición mayor.

El giro interpretativo en psicoterapia

pp. 57-83 

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