sábado, 25 de enero de 2014

El manuscrito secreto


Era un anciano maestro que en su ascética celda sólo contaba con un catre y un manuscrito que conservaba en un rincón de la habitación, envuelto primorosamente con tules. Los discípulos del maestro le habían preguntado a menudo por aquel manuscrito, pues había prohibido expresamente que cualquiera de ellos lo ojeara. Cuando le preguntaban por él, se limitaba a decir:
—Todo lo que sé lo he aprendido de él. Es muy sagrado. Me lo entregó un gran sabio tras muchos años de meditación en una cueva. Todo lo he aprendido de él.
Y así pasaron varios años. Los discípulos no dejaban de mirar codiciosamente el sagrado manuscrito, allí dejado en el suelo, en una esquina de la celda, envuelto entre polvorientos tules.

Un día el maestro falleció y un instante después, ya estaban todos los discípulos abalanzándose sobre el manuscrito, ansiosos por hallar las claves secretas para encontrar la dicha interior y la sabiduría, pensando que así podrían evitarse muchos esfuerzos y desvelos.
Ansiosos, rasgaron los tules del manuscrito. Lo abrieron y comenzaron a pasar las hojas. Estupefactos, fueron comprobando que todas estaban vacías. Llegaron a la última y sólo en ésta había una frase. Ávidamente, la leyeron. Decía:
—Cuando estéis tan vacíos de ataduras mentales como las páginas anteriores, habréis hallado la verdadera dicha, pero para llegar a ella tendréis que esforzaros día a día en el adiestramiento espiritual sin desfallecer. Yo recibí este manuscrito de mi maestro. Todas las páginas, incluso esta última, estaban vacías y en seguida comprendí cuál era su instrucción. Por si vosotros no sois tan sagaces, os he escrito estas líneas, que seguro, anhelantemente, estáis leyendo antes siquiera de amortajar mi cadáver. No cejéis en vuestro empeño. La liberación no es para los holgazanes. Con amor, vuestro propio ser.
Y la firma ilegible del maestro.

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