sábado, 18 de enero de 2014

Padres ocupados, hijos indiferentes


Relataba aquél hombre todavía joven:         
Quise dar a mis hijos lo que yo nunca tuve. Entonces comencé a trabajar catorce horas diarias. No había para mí sábados ni domingos; consideraba que tomar vacaciones era locura o sacrilegio. Trabajaba día y noche. Mi único fin era el dinero, y no me paraba en nada para conseguirlo. 

Quería dar a mis hijos lo que yo nunca tuve.

Lo interrumpió alguien:

- ¿Y lograste lo que te propusiste?

- Claro que sí- Contestó el hombre.

Yo nunca tuve un padre agobiado, hosco, siempre de mal humor, preocupado, lleno de angustias y ansiedades, sin tiempo para jugar conmigo y entenderme. Ése es el padre que yo les di a mis hijos. Ahora, ellos tienen lo que yo nunca tuve.

* * *

Mi papá me llama mucho por teléfono -decía un hombre joven- para pedirme que vaya a charlar con él. Yo voy poco. Ya sabes como son los viejos, cuentan las cosas una y otra vez. Además nunca me faltan bretes: que el trabajo, que la esposa, que los amigos.

-En cambio -le dijo su compañero-, yo charlo mucho con mi papá. Cada vez que estoy triste voy con él. Cuando me siento solo, voy con él. Cuando tengo algún problema y necesito fortaleza, acudo a él y me siento mejor.

-¡Caray! -se apenó el otro-. Tú eres mejor que yo.

-Soy igual -responde el amigo con tristeza-. Visito a mi padre en el cementerio.

Murió hace tiempo. Mientras vivió, tampoco yo iba a platicar con él. Me hace falta su presencia y lo busco cuando ya se me fue. Platica con tu padre hoy que lo tienes, no esperes a que esté en el panteón, como hice yo.

En el automóvil, pensaba el muchacho en las palabras de su amigo. Al llegar a la oficina pidió a su secretaria: “Comuníqueme por favor con mi papá”.

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