domingo, 9 de marzo de 2014

El rey valeroso

En un país lejano, en tiempos de los grandes reyes gladiadores, había uno de ellos que era dueño de una gran extensión de terrenos ricos en recursos naturales que era el blanco de los enemigos cercanos y lejanos.
El rey vivía en su castillo preocupado porque no creía que fuera capaz de contener los embates de las legiones extranjeras que según sus consejeros estaban cerca. Lo sabían porque a varios kilómetros de distancia se podía sentir su paso firme y el trote de sus caballos, tanto que hasta la tierra se estremecía.
El rey se desvelaba buscando la forma de implementar las estrategias mas acertadas para vencer en la lucha y salvaguardar a su gente y sus propiedades.
Los bárbaros invasores habían manifestado ya sus intenciones de destruir su reino y su amado castillo donde vivía con la reina y toda la corte.
Convocó el rey a sus más fieles servidores: el mago que conocía de las fuerzas sobrenaturales; el sabio con sus conocimientos y basta experiencia dada por la edad; el jefe del ejército experto en la estrategia; y hasta al bufón con su dosis de humor, que en estos casos era muy importante. A todos ellos les dijo:
- Desde que era joven como príncipe sabía que un día al faltar mi padre, el rey y mi madre la reina, yo sería el heredero soberano, pero siempre desconfié de mi capacidad para llevar adelante este reino. Por momentos siento que me tiembla todo el cuerpo y un dolor me oprime el pecho, sólo de pensar en tomar una decision. Ahora que se acercan las fuerzas enemigas es el tiempo de demostrarme y demostrar a los demás, que estoy hecho para ser un rey y nadie me espantará más. Nadie vendrá a hacerme temblar, nadie provocará que este edificio se tambalee y no es el día en que el castillo quede en ruinas. Vamos pues y enfrentemos a esos cobardes.
Todos sus cortesanos, junto con el pueblo, cerraron sus casas sin dejar ninguna rendija abierta para que entran en ella los enemigos. Se armaron con palos, piedras, lazas y cualquier objeto que encontraban en el camino.
La batalla se trabó en los limites del reino, los aliados del rey se mantuvieron firmes en la línea de combate, nadie se echó para atrás. Al ver la inesperada resistencia estoica de los pueblerinos, los enemigos sorprendidos mandaron una comisión para solicitar al rey que los dejara marcharse en paz, perdonándoles la vida, bajo juramento de que jamás volverían a pensar en la posibilidad de atacar nuevamente.
El rey y sus cortesanos, el mago, el sabio, el jefe del ejército y hasta el bufón, aceptaron gustosos la propuesta de paz.
El rey quedó como el mejor soberano que jamás hubiera tenido ese territorio. La gente lo respetó mucho más que a su padre por su enorme valor. El rey se afirmó a sí mismo y cambió su imagen de inseguro y débil por el de valiente dueño de su castillo y su territorio.

Luis Gerardo Padilla Gtz.
16 de mayo del 2012
Con cariño para "X" que perdiste a tu padre y luchas a diario por convertirte en el rey de tu propio castillo.
De parte del bufón.

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