miércoles, 5 de marzo de 2014

La gota de miel

Se trataba de un bondadoso y sabio anciano que nunca había deseado tener discípulos propiamente dichos, pero que era muy a menudo visitado por las gentes que deseaban sentirse tranquilas en su presencia y recibir sus enseñanzas. No le gustaba hablar en exceso y de vez en cuando despegaba los labios para decir:
—¡Cuidado con la gota de miel!
Ninguno de los aspirantes espirituales estaba seguro de comprender tal advertencia, pero les bastaba con disfrutar de su presencia para sentir que avanzaban por el camino de la iluminación.
Fue transcurriendo el tiempo y un día, al atardecer, tras haber meditado, uno de los discípulos que quería saber realmente a qué se refería el sabio con tal admonición, se digirió a él y le dijo:

—Venerable maestro, llevo meses oyendo «cuidado con la gota de miel»; me gustaría saber qué quieres realmente significar con ello y supongo que también a mis compañeros les placería.
Los otros aspirantes asintieron con la cabeza, esperando que el sabio se definiera.
Se hizo un silencio total. Después el sabio dijo:
—Habéis de saber, queridos míos, que durante años yo escuché lo mismo de mi maestro y al final también, como vosotros, le pregunté.
Todos rieron complacidos. El anciano agregó:
—Prestad ahora atención a la historia que voy a relataros, y eso que sabéis que no me gusta hablar mucho. 
Hizo una breve pausa y comenzó a narrar la historia. Dijo:
—Había una vez un hombre muy pobre que decidió abandonar su país en busca de fortuna. Durante días y días no dejó de caminar. Un amanecer se adentró en un frondoso bosque. Tras algunas horas se dio cuenta de que se había perdido, no sabía qué camino tomar para salir de allí y temía que alguna alimaña le atacara; además, sentía hambre y sed, y su ansiedad iba en aumento. Tomó un camino y después otro, pero no hallaba la salida.
»De súbito oyó un ruido inquietante a su espalda y ¡cuál no sería su desagradable sorpresa cuando vio que le seguía un furioso elefante que bien podría aplastarle! Y eso no hubo de ser lo peor, pues al intentar huir se encontró el paso cerrado por un gran número de demonios armados hasta los dientes. El pobre hombre no sabía qué hacer; despavorido, intentó trepar a un árbol, pero el tronco era tan grueso que le resultó imposible. La situación era desesperada. Al mirar en derredor distinguió un pozo a lo lejos, así que, sin pensárselo dos veces, corrió hacia él y saltó dentro. En su caída, y cuando ya creía que habría de morir, sus manos lograron agarrarse a un matorral que crecía en las paredes del pozo.
»De repente, oyó un ruido sibilante. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguió un nido de serpientes venenosas que vivían en el fondo de aquel hoyo. Entre todas ellas destacaba una terrorífica pitón. Se aferró más y más a las ramas, ya que eran su único sostén; pero he aquí que de pronto descubrió que se encontraba en la madriguera de dos grandes ratas de prominentes dientes. Una era negra y la otra blanca. Ambas comenzaron a roer sin piedad los matorrales.
»Entre tanto, ¿qué había sido del elefante? Al llegar al árbol y no encontrar al hombre, se enfureció y comenzó a golpear los árboles con su poderosa trompa, de tal modo que desprendió una colmena y ésta fue a caer al pozo. Miles y miles de abejas se lanzaron contra el hombre y comenzaron a picarle. Mas he aquí que una gota de miel cayó en la frente del hombre y se fue deslizando por su cara hasta alcanzar sus labios y penetrar en su boca. Cuando eso ocurrió, el dulzor de la miel le embelesó de tal modo que se olvidó por completo del elefante, los demonios, las ratas, las abejas, las serpientes y su apurada situación. ¿En qué debía de estar pensando ese hombre? Sólo en que otras gotas de miel llegasen a su boca. Por ese motivo no se defendió, las ratas quebraron los matorrales, él se precipitó al fondo del pozo y murió.
Los discípulos, impresionados, apenas se atrevían a respirar. Estaban realmente sobrecogidos. Uno de los aspirantes se decidió a hablar y preguntó:

—Pero ¿puede todo eso sucederle a un ser humano? El anciano dijo:
—Os explicaré la analogía como me la narraron a mí.

La vida de los seres humanos no es fácil. El elefante implacable es la muerte. El árbol es la liberación, pero sólo los más fuertes y tenaces pueden escalarlo, es decir, seguir la senda de la iluminación. El pozo representa la vida humana, en tanto que los matorrales son la duración o extensión de la vida. ¿Qué representan las ratas? Los años que componen la vida: una veces blancos, es decir, agradables, y otras negros, esto es, desagradables, pero ambos conducen al final. Las serpientes son las tendencias perniciosas y la pitón es la ignorancia. Las picaduras de las abejas son las enfermedades y las gotas de miel son los placeres transitorios que encadenan y confunden al ser humano. En resumen, lo único seguro es el árbol de la liberación. Debes aprender a trepar por su tronco. ¡Y cuidado, amados míos, con la gota de miel!
Reflexión
Cuando toda la atención se fija en los objetos de placer y uno se obsesiona por ellos, desencadenando mucho aferramiento, pierde de vista todo lo demás, incluso la realización de sí, el autoconocimiento y el impulso de libertad interior. Pero no es fácil liberarse del apego y mantener más dominados los sentidos, aplicando la ecuanimidad y el entendimiento correcto que impidan que el néctar del disfrute se convierta en el veneno del apego. Ya leemos en un texto antiguo budista, el Majjhima Nikaya: «Resulta difícil comprender el apaciguamiento de todo lo condicionado, la renunciación a toda sustancia contingen- te, la extinción del deseo, el desapasionamiento, la cesación y la iluminación».

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