sábado, 5 de julio de 2014

Los anteojos de Dios

El cuento trata de un difunto camino del cielo donde esperaba encontrarse con Dios para el juicio. Iba con sus miedos porque llevaba muchas cosas negras y muy pocas positivas que hacer valer.
Quedó realmente desconcertado cuando se percató  de que las puertas estaban abiertas de par en par, y además no había nadie para vigilarlas. Así que entró al paraíso sin que nadie se lo impidiera.
Fascinado por lo que veía se fue adentrando por los patios de la Gloria, hasta que desembocó en lo que tendría que ser la oficina de Dios. Por supuesto, estaba abierta también ella de par en par. Así que penetró en la sala ocupada en su centro por el escritorio de Dios. Y sobre el escritorio estaban sus anteojos. Nuestro amigo no pudo resistir la tentación — santa tentación al fin — de echar una miradita hacia la tierra con los anteojos de Dios. Y fue ponérselos y ¡Qué maravilla! Se veía todo clarito y patente.
Entonces se le ocurrió una idea. Trataría de ubicar a su socio de la financiera para observarlo desde esta situación privilegiada. Pero lo agarró en un mal momento. En ese preciso instante su colega está estafando a una pobre mujer viuda mediante un crédito bochornoso que terminaría de hundirla en la miseria por siempre. Y al ver con meridiana claridad la cochinada que su socio estaba por realizar, le subió al corazón un profundo deseo de justicia. Buscó a tientas debajo de la mesa el banquito de Dios, y lo lanzó a la tierra con una tremenda puntería pegando  un formidable golpe a su socio, tumbándolo allí mismo.
En ese momento llegó Dios de su paseo acostumbrado.
Nuestro amigo se sobresaltó y trató de explicar balbuceando que había entrado a la gloria, porque no había encontrado a nadie para pedir permiso.
-No, no — le dijo Dios — no te pregunto eso. Todo está muy bien. Lo que te pregunto es lo que hiciste con mi banquito donde apoyo los pies.
El pobre tipo se fue animando y le contó que había entrado en su despacho, había visto el escritorio y encima los anteojos, y que no había resistido la tentación de colocárselos para echarle una miradita al mundo. Que le pedía perdón por el atrevimiento.
-No, no — volvió a decirle Dios — Todo eso está muy bien. No hay nada que perdonar. Mi deseo profundo es que todos los hombres fueran capaces de mirar el mundo como yo lo veo. En eso no hay pecado. Pero hiciste algo más. ¿Qué pasó con mi banquito donde apoyo los pies?
Ahora sí el ánima bendita se encontró animada del todo. Le contó a Tata Dios en forma apasionada que había estado observando a su socio justamente cuando cometía una tremenda estafa, que le había subido al alma un gran deseo de justicia, y que sin pensar en nada había agarrado el banquito, se lo había arrojado al socio.
-¡Ah, no! — volvió a decirle Dios. Ahí te equivocaste. No te diste cuenta de que si bien te habías puesto mis anteojos, te faltaba tener mi corazón. Imagínate que si yo cada vez que veo una injusticia o una mala acción en la tierra me decidiera a tirarles un banquito, no alcanzarían los carpinteros de todo el universo para abastecerme de proyectiles.
Y el hombre se despertó todo transpirado, observando por la ventana entreabierta que el sol ya había salido y que afuera cantaban los pajaritos.
Mamerto Menapace
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Relación de ayuda en el ámbito académico
pp. 101-104
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