lunes, 8 de septiembre de 2014

Introyectos

1º Descubrir las exigencias o “deberías” que tenemos. Son mandatos con los que dirigimos nuestra vida. Vivimos de acuerdo a un ideal -“deber ser” y “deber hacer”-, lo cual es frustrante, culpabilizante, autorreprochable. Son verdades absolutas e indiscutibles que fueron afectivizadas. La verdad última es “Yo estoy mal”.
Me vivo como la ley, el juez, el culpable y la cárcel.
En un primer intento por desidentificarme de mis mandatos, me pienso como el opuesto y me puedo quedar en esta falsa identidad el resto de mi vida. La exigencia de ser perfecto se transforma en una carga muy pesada, la viva como sometido o como rebelde.
La mayoría de las veces creo que las exigencias son externas.

2º Logro desidentificarme de mis mandatos y me quedo en el vacío de la anomia. No sé quién tengo que ser y me pregunto: “¿Qué quiero en lo profundo de mí?”. Me conecto con mis sentimientos, mis necesidades. Soy honesto conmigo mismo.
Abandonar el camino de la perfección implica el riesgo de no ser querido por el otro, incluso, los más cercanos.
Luego, descubro que no  necesito ser diferente a quien soy y comienzo a aceptarme. Entonces empiezo a quererme.
Descubro aquello que decía Perls: “No estoy aquí para satisfacer tus expectativas. Yo soy Yo y Tú eres Tú”.
Comienzo un camino en soledad, encontrando puntos de referencia internos. No me apoyo en “los que saben”, sino en lo que pienso, siento, percibo…en lo que soy.
Mis respuestas comienzan a ser mías, acertadas o erróneas. Algunas personas me aceptan y me quieren, otras no.
Poseo la libertad de escribir mi historia, entre miedos y certezas, intuiciones y dudas.
Comienzo a ser adulto. Siento mi potencia, mi capacidad de ser y hacer.

3º Descubro mis límites naturales. No todos mis deseos son posibles y realizables. Soy finito y limitado. Soy mortal.
Ahora me pregunto: “Esto que quiero, ¿hasta dónde puedo?”. Querer no es poder. Mi libertad se humaniza.
Me siento incompleto y busco completarme sin el perfeccionismo de antes. Mi meta no es externa sino una carencia interna.
Descubro mis necesidades, mis recursos; la posibilidad de curarme y de “beber en mi propio pozo” (Cabarrús).

4º Satisfago mis necesidades. Desarrollo mis recursos, internos y externos. Me ayudo a mí mismo y recibo la ayuda que necesito del entorno. No dependo de él ni soy autosuficiente. Comienzo con humildad una etapa de crecimiento y desarrollo.
El otro surge como alguien con quien me desarrollo y me completo en otros aspectos.
Me prepara para vivir más auténticamente, sabiendo que no será infinita ni perfecta.

Ejercicio

Apoyo Yo debería Yo quiero Yo puedo Yo necesito



Contenido
Es la exigencia que tengo.
Es el ideal que debería ser.
Hablan mis introyectos.
Son mis mandatos.
Elijo y me hago cargo.
Me diferencia de mis “deberías”.
Me hago adulto.
Es el criterio de realidad.
Reconozco mis potencias y límites.
Reconozco mis carencias sin criticarlas.
Descubro mis recursos.
Lo que me falta para poder.
Los recursos que tengo que desarrollar.
Es la tarea.
Es la vía de realización
Niveles Exigencia Libertad Recursos Tarea

La exigencia como polaridad

La exigencia es un sentimiento que se origina en una relación de pares. Así como la culpa -culpador/culpado, el miedo -asustador/asustado, y la exigencia -exigente/exigido- pueden ser intrapsíquicas o interpersonales.
En ellas nos identificamos con uno de los polos. Es decir, podemos relacionarnos con una persona que nos critica o con una a la que critiquemos.
Cada uno de los polos tiene sus características y razones para existir:
- El exigente: está interesado en lograr la perfección. Está ligado al modelo ideal.
Su intención es constructiva y su amor es inmaduro e ignorante, ya que desconoce los recursos del otro, no lo escucha y cree que su verdad es absoluta.
Es desesperado, cruel, reprochador y enjuiciador.
Las buenas intenciones justifican su mal trato, que produce “en parte” el sufrimiento de ambos: se frustran y son infelices.
- El exigido: Quiere sobrevivir y se adapta complaciendo a través de la manipulación. No contradice para evitar la confrontación. Se escuda en el “no puedo”, en el cansancio o en el “no sirvo para nada”.
Se siente culpable y se victimiza para ser escuchado.
Su creencia básica es que el exigente tiene la razón y acepta que la verdad es una sola.
No califica sus necesidades y las expresa con culpa.
Cuanto más se somete, más fuerza le da al exigente y se enajena de su propio poder.

En la terapia, el paciente sufre por las exigencias que tuvo en su vida y dedica bastante tiempo para diferenciarse de sus introyectos, encontrar sus propias decisiones y apoyarse en sus propios pies. Independizarse de los padres es un escalón básico en cualquier proceso terapéutico. Este viaje parece que termina cuando perdona a sus padres de las exigencias recibidas y puede decirles “no” sin sentirse culpable.
Un paso más es descubrir las exigencias que nosotros tuvimos o todavía tenemos hacia el mundo. Por ejemplo: la expectativa de que los padres sean perfectos, que el mundo sea diferente. La pregunta es: ¿Con quién me conecto? ¿Con el mundo como es o con el mundo que yo quisiera que fuera?
Puedo tener una necesidad legítima de ser amado, sin embargo, eso no cambia la realidad de la persona que no me ama. Ella sigue siendo lo que es. Una persona que no sabe o no puede amarme. Entonces, debo aceptar que el mundo “es como es” y frustrarme o resolverlo con otra persona. Si no, insistiré demandando a esa persona que cambie y sea lo que no es. Esa es la demanda infantil. Cuando logramos verla, soltarla y convertirnos en seres conectados con la realidad, tal cual es, ingresamos en la adultez.

Había una vez, hace mucho tiempo, un hombre muy viejo que esperaba el momento de morir. Parecía que Dios se había olvidado de él pues ya tenía muchos años.
Este hombre había sido muy cumplidor de todo lo que se esperó de él. Observó todos los mandamientos y reglas que conoció. Algunos lo habían considerado perfecto. Se había esforzado al máximo por vivir según la ley de Dios y esperaba el momento de llegar ante él para recibir su recompensa.
Al fin, Dios se acordó de él y ese día se murió.
Fue inmediatamente al cielo y al llegar a la puerta vio cómo el mismísimo Dios salía a recibirlo. El viejo caminaba encorvado con toda la espalda cargada de cruces. Entonces, al ver a Dios, le dijo lleno de orgullo: “Señor, aquí estoy con todas las cruces que cargué en mi vida”.
Y Dios, mirándolo compasivamente, se inclinó y tomando una pequeña cruz dorada de su espalda le contestó: “Esta es la que te puse yo”.


Entrenamiento en Gestalt
pp. 88-96 

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