jueves, 25 de septiembre de 2014

La eternidad en el presente

- Los sabios iluminados de todos los tiempos y de todas las latitudes coinciden en que la conciencia de unidad no es temporal, no se da en el tiempo, sino que es intemporal y eterna. No sabe de nacimiento y comienzo, ni de acabamiento y muerte.
San Agustín comenta: “El hombre moderno parece tan desposeído de la más leve intuición mística que, entender lo que es eterno le parece un empeño imposible y retrocede ante él, o se desentiende con un encogimiento de hombros, o lo explica con vehemencia positiva, o pregunta qué tiene eso que ver con la “realidad práctica”.
Y sin embargo, afirma el místico, la eternidad no es una opinión filosófica, ni un dogma religioso, ni un ideal inalcanzable. Es más bien algo tan simple, tan obvio, tan presente y tan directo que no tenemos más que abrir los ojos de una manera radicalmente empírica y mirar, pues “está ahí, frente a ti”.
- Generalmente entendemos mal la eternidad. Imaginamos un tiempo muy largo, una sucesión interminable de años, cuya cifra se extiende hasta el infinito. Pero la eternidad no es la conciencia de un tiempo perpetuo, sino una conciencia que se da por entero sin tiempo.
El momento eterno es un momento intemporal, que no sabe de pasado ni de futuro, desconoce el antes y el después, el ayer y el mañana, el nacimiento y la muerte. Vivir con la conciencia de unidad es vivir en el momento intemporal pues nada oscurece tanto a la luz divina como la corrupción del tiempo.
¿Qué es un momento intemporal? ¿Qué instante es ajeno a una fecha o duración determinada? ¿Qué momento es fugaz e independiente del tiempo?. La mayoría de nosotros sabe de los momentos cumbre que nos arrebatan, sobrecogen, hechizan y embriagan. Por ejemplo: una puesta de sol, un rayo de luna sobre el estanque sin fondo, en abrazo del ser amado, los ecos del trueno entre la lluvia, la obra de arte, etc. Todas ellas tienen en común como si el tiempo estuviera en suspenso porque nos mantenemos absortos en el momento presente; es un momento de intemporalidad, de eternidad.
La noción de “tiempo perpetuo” es una monstruosidad, algo imposible de concebir, captar o experimentar realmente. Pero el “eterno ahora”, este momento intemporal, es tan simple y tan accesible como tu propia experiencia presente…porque los dos son una y la misma cosa. Por eso, como dijo Wittgenstein, “la vida eterna pertenece a aquéllos que viven en el presente”. El Reino de los Cielos no existe en parte alguna y en ningún momento más que en el ahora. Dice el místico musulmán Rumi, “el sufí es un hijo del Momento”. Podríamos multiplicar indefinidamente estas citas, tomadas de los grandes sabios de todas las tendencias filosóficas y religiosas importantes, pero todas nos dirían la misma cosa. La eternidad no se encuentra, ni se puede encontrar mañana, ni en cinco minutos, ni en dos segundos. Es siempre ya. Ahora. El presente es la única realidad. No hay otra.
- En el estricto presente no hay problemas fundamentales, porque no hay tiempo.
Si hubiera algún problema, y lo examináramos atentamente, veríamos que se referiría al pasado -alguna culpa, que conlleva la depresión, amargura y arrepentimiento- o al futuro -una angustia, que trae consigo el terror y expectativas catastróficas-. Por eso, dice el místico, que todos nuestros problemas se generan por obra de nuestra vívida sensación de estar esclavizados por el tiempo. Se lamentaba Stephen en el Ulises: “La historia es una pesadilla de la cual estoy tratando de despertar”. Este despertar al presente lo señaló bellamente Emerson:
Esas rosas que hay bajo mi ventana no hacen referencia alguna a rosas anteriores ni más bellas; son lo que son; existen hoy con Dios. Para ellas no hay tiempo. No hay más que la rosa, perfecta en cada momento de su existencia (…). Pero el hombre pospone o recuerda; no vive en el presente, sino que, vuelta atrás la mirada, lamenta lo pasado o, sin prestar atención a las riquezas que le rodean, se pone de puntillas para atisbar el futuro. No puede ser feliz ni fuerte mientras no viva él también con la naturaleza en el presente, por encima del tiempo.
- Este vivir intemporal, esta desnuda atención al momento presente, no tiene nada que ver con la treta psicológica de “olvidarse” lisa y llanamente del ayer o del mañana. Lo que dice el místico es que no hay pasado ni futuro, pues son productos ilusorios de una demarcación simbólica que parece escindir la eternidad en ayer y mañana, en antes y después, en pasado y porvenir. Así, el tiempo -como demarcación impuesta a la eternidad- no es un problema para resolver, sino una ilusión que ni siquiera existe.
La percepción de lo eterno tampoco tiene que ver con la práctica de la “mera atención al presente inmediato”, porque el “intento” requiere de otro “ahora”para producir el contacto. Dicho de otra manera:  el intento de vivir en el presente intemporal exige un futuro para prestar atención. No puedes valerte del tiempo para salir del tiempo, porque reforzarás lo que quieres eliminar.
Esto puede resultar exasperante porque estamos en la suposición de que el tiempo es real y buscamos destruirlo, como un paso para llegar a vivir en el eterno ahora. Peor aún, queremos destruir el tiempo con tiempo. Olvidamos que el tiempo carece de existencia real es sólo es una ilusión, como los molinos de viento del Quijote.
- ¿Es posible tener la sensación directa de un pasado o un futuro? Todo lo que nos llega por los sentidos es presente. En nuestra percepción inmediata no hay pasado ni futuro, sino sólo presente que cambia interminablemente. Toda percepción directa es percepción de lo intemporal.
¿A qué se debe mi impresión de que puedo percibir el tiempo, especialmente el pasado, toda mi historia personal, todas las cosas que fueron? La memoria me asegura que hubo un pasado que puedo recordar, aunque no lo pueda tocar. Observo que otras personas tienen memoria, y todas hablan básicamente del mismo tipo de pasado que yo recuerdo. Supongo entonces que la memoria proporciona un conocimiento del verdadero pasado, aunque nadie pueda experimentarlo realmente. El místico concuerda en que, cuando pienso en el pasado, lo único que realmente conozco es cierto recuerdo, una experiencia presente del suceso pasado, pero no puedes percibir ningún suceso.
Entonces, jamás puedo conocer el verdadero pasado, y sólo conozco recuerdos de él, recuerdos que existen  sólo como experiencia presente. Por otro lado, cuando lo que llamamos “pasado” sucedió realmente, era un suceso presente. Por consiguiente, en ningún momento llego a percibir directamente un verdadero pasado. De la misma manera, jamás conozco el futuro. No conozco más que anticipaciones o expectativas que, sin embargo, forman parte a su vez de la experiencia presente. La anticipación, como la memoria, es un hecho presente.
- Así pues, estamos sometidos a la ilusión del tiempo y sus problemas. La mayoría no percibimos que el momento presente tenga algo de eterno. Más bien vivimos el presente como magro, fugitivo, que apenas dura uno o dos segundos. Es lo que los místicos cristianos llaman el “nunc fluens”, el presente pasajero, que está limitado y circunscrito, entre el pasado -atrás o a la izquierda- y el futuro -delante o a la derecha-. Pero cuando se ve que el pasado, en cuanto recuerdo, y el futuro, como expectativa, es siempre una experiencia presente, la limitación se desmorona; resulta obvio que no hubo nada antes de este presente. El presente ya no está cercado, sino que se expande hasta llenar todo el tiempo, y así el presente pasajero (nunc fluens) se convierte en presente eterno, lo que los místicos cristianos llaman el “nunc stans”, donde reside el cosmos, con todo el tiempo y el espacio del mundo.
- Entonces, no es verdad que el místico huya del tiempo manteniendo las narices pegadas al presente inmediato y eludiendo sus responsabilidades en la historia. Si esta acusación fuera verdadera, al místico le interesaría sólo el presente fugitivo, el "nunc fluens”. Pero no es así. Su conciencia flota en el eterno presente, en el "nunc stans”. Lo que hace no es huir del tiempo sino abrazar el tiempo en su totalidad. El pasado en cuanto recuerdo no lo empuja, y el futuro en cuanto expectativa no tira de él, pues su presente incluye pasado y futuro, y por eso no deja nada fuera de sí que pueda empujar ni tirar. Su conciencia es conciencia de eterno, una conciencia de unidad.
La conciencia de unidad es experiencia de la verdad de que el propio ser, lo que es uno, no tiene límites, abarca el cosmos como un espejo los objetos que refleja. El principal obstáculo a la conciencia de unidad es la identificación con el “pequeño yo”, el observador interno compuesto de recuerdos. Dice Krishnamurti, no tiene nada de malo recordar el pasado, lo cual es esencial en el mundo. Sin embargo, resulta problemático el hecho de que nos identifiquemos con estos recuerdos como si existieran fuera, o aparte, del ahora, es decir, como si incluyeran el conocimiento de un verdadero pasado exterior. Igualmente, creemos que el “nosotros” que recordamos está fuera de la experiencia presente. Parece entonces como si uno tuviera experiencias presentes, en vez de ser sus experiencias presentes.
Sin embargo, cuando todo recuerdo se entiende y se ve como una experiencia presente, la base de un “yo” que está fuera del presente se desploma por completo. Ese “tú” memoria-recuerdo, se convierte en otra experiencia presente y no es algo que tenga una experiencia presente. Cuando el pasado se funde con el presente, también uno, en cuanto observador, se funde con el presente.

La conciencia sin fronteras
pp. 87-100
Ken Wilber

No hay comentarios:

Publicar un comentario