martes, 23 de septiembre de 2014

La unidad de los opuestos

“La naturaleza, al perecer, no sabe nada de ese mundo de opuestos (bien.mal, vida y muerte, verdades-falso, placer-dolor, Dios-Satán)”. “Estamos empezando a darnos cuenta de que la naturaleza es más lista de lo que nos gusta creer”. Después de todo la naturaleza produjo el cerebro humano.
La narración del Génesis nos presenta a Adán clasificando y nombrando a las demás especies. Fue el primer cartógrafo: dibujando límites y fronteras. Al parecer esta labor fue exitosa, tanto que aún hoy pasamos gran parte de nuestra vida dibujando fronteras: cada decisión, cada acción y palabra, se basa en la construcción consciente o inconsciente, de límites y fronteras.
Lo que caracteriza a una demarcación es que forma un dentro y un fuera. Los opuestos aparecen con el establecimiento de la demarcación. Y el mundo de los opuestos es un mundo de conflictos. El relato bíblico presenta la figura del árbol de la ciencia -de los opuestos- del bien y del mal, como la imagen del mal que él mismo ayudó a crear y ahora se vuelve contra él para acosarlo.
De ordinario intentamos resolver los problemas tratando de extirpar uno de los opuestos, o al menos, reducirlo al otro. Entonces suponemos que la vida sería perfecta si anuláramos los polos negativos: el dolor, la muerte, el sufrimiento, la enfermedad; y que el cielo es el lugar donde se acumulan las mitades positivas de las parejas de opuestos.
La unidad interna de los opuestos está lejos de ser una idea exclusiva de los místicos, orientales u occidentales. En la física actual, la teoría de la relatividad no distingue entre reposo y movimiento; entre ondas y partículas; estructura y función; masa y energía. De la misma manera las oposiciones sujeto y objeto, tiempo y espacio, se revelan ahora en recíproca interdependencia, al punto de formar un entretejido.
Nicolás de Cusa hablaba de “coincidentia oppositorum” -la coincidencia de los opuestos-. Los que considerábamos opuestos totalmente separados e irreconciliables resultan ser, según Von Bertalanffy, “aspectos complementarios de una y la misma realidad”. A esto se debe que Alfred North Whitehead haya elaborado su filosofía del “organismo” y de la existencia vibratoria”, en virtud de la cual podemos pensar que todos los “elementos fundamentales son, en esencia, vibratorios”. Es decir, que todas las cosas y sucesos que habitualmente consideramos irreconciliables, como la causa y el efecto, el pasado y el futuro, el sujeto y el objeto, en realidad son exactamente como la cresta y el seno de una única vibración.
En ninguna parte se ve esta unidad interior de los opuestos con mayor claridad que en la teoría guestáltica de la percepción, con la figura y el fondo.
Que todos los opuestos -por ejemplo, masa y energía, sujeto y objeto, vida y muerte- sean cada uno el otro en una medida tal que son perfectamente inseparables, es cosa que a la mayoría de nosotros sigue pareciéndonos difícil de creer. Pero esto se debe a que aceptamos como real la demarcación entre los opuestos, cuando en las doctrinas orientales es una enseñanza milenaria. “La realidad fundamental es una unidad de opuestos, no hay fronteras en ninguna parte”.
Cierto que hay muchas clases de líneas y superficies en la naturaleza pero no representan una separación o frontera. Alan Watts dice que las “líneas divisorias” también representan los lugares donde la tierra y el agua se tocan. Es decir, las líneas unen y aproximan, tanto como dividen y distinguen.
Según parece, nuestro problema es que trazamos un mapa convencional, completo y con fronteras, del territorio real de la naturaleza, que no tiene fronteras, y después confundimos totalmente ambas cosas. Como han señalado Korzybski y los semánticos, nuestras palabras, símbolos y signos, pensamientos e ideas son meros mapas de la realidad, no la realidad misma, porque “el mapa no es el territorio”.
La mayor parte de nuestros “problemas vitales” se basan, pues, en la ilusión de que es posible separar y aislar entre sí los opuestos, y en la creencia de que así debe hacerse. Así podemos comprender que en las tradiciones místicas se les llame “liberados” a aquellos que pueden ver la ilusión de los opuestos, que dejan de hacer la guerra y los trascienden.
La cuestión no es separar los opuestos para lograr un “progreso hacia lo positivo” sino más bien unificarlos y armonizarlos descubriendo un fundamento que trascienda y abarque a ambos, es la conciencia de unidad.
Este “liberarse de los pares” es, en términos occidentales, el descubrimiento del Reino de los Cielos. Es la esencia del hinduismo advaita (“no dual”, “no dos”) y del budismo mahayana.
Cuando veamos a través de las ilusiones de nuestras fronteras, veremos -aquí y ahora- el universo tal como Adán lo vio antes de la caída: como una unidad orgánica, una armonía de opuestos, una melodía de lo positivo y lo negativo, un deleitarse con el juego de nuestra existencia vibratoria.

Ken Wilber
La conciencia sin fronteras
pp. 32-50 

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