jueves, 2 de octubre de 2014

El gallo de pelea invencible


Un rey aficionado a las apuestas en riña de gallos deseaba poseer un poderoso gallo de pelea que fuera invencible, para lo cual hizo buscar al mejor adiestrador de gallos en todo el imperio.
Una vez frente al maestro el rey le pidió que le adiestrara al más aguerrido de sus gallos, hasta convertirlo en invencible.
El maestro comenzó a adiestrar al gallo que le fue entregado, enseñándole las más avanzadas técnicas de combate.
Al cabo de diez días preguntó el rey:
-¿Podemos organizar una pelea con ese gallo?
El maestro contestó:
-¡No! ¡No! ¡No! Es fuerte, pero su fuerza está vacía.
Ante cualquier amenaza se excita de inmediato pero su energía es efímera volátil y superficial.
Diez días después, el rey volvió a preguntar:
-¿Podemos ya organizar el torneo para verlo pelear?
-¡No! ¡No! Todavía no. Sigue mostrándose pasional y siempre dispuesto a pelear sin un motivo real.
Cuando oye el canto de otro gallo, incluso el de una aldea cercana, monta en cólera.
Transcurridos diez días más de adiestramiento, el rey preguntó una vez más:
-¿Es posible ahora?
Y contestó el Maestro:
-Ahora ya no se apasiona por estímulos externos. Si oye o ve a otro gallo, permanece sereno. Su actitud es la exacta, por lo tanto su vitalidad es poderosa. Ya no monta en cólera. Su energía y su fuerza ya no se desperdician al manifestarse en la superficie.
-Entonces, ¿está preparado para una pelea?- sugirió el rey.
Y el maestro contestó:
- Si ahora ya esta listo.
Se organizó un gran torneo y trajeron a los más afamados gallos de pelea de todo el imperio.
Una vez en el ruedo los gallos de pelea no podían ni acercarse a aquel gallo. Huían de él espantados o se aplastaban contra el suelo ante su penetrante mirada y su imponente postura, la actitud que irradiaba contenía una energía tan profunda que ningún gallo pudo hacerle frente.
Así pues, no hubo necesidad de combate alguno. El gallo de pelea se había convertido en un gallo Invencible, porque precisamente había superado la etapa del estéril deseo de competir. Había superado la etapa de las técnicas para la lucha externa.
Había aprendido a controlar toda su energía y sus sentidos hasta convertirse en dueño de sus emociones, lo cual le permitía poseer interiormente una tremenda energía que no se desperdiciaba exteriorizándose.
El poder le era ya algo propio, y los otros no podían sino inclinarse ante su absoluta confianza y su verdadera fuerza oculta.




Nick Owen
Más magia de la metáfora
pp. 108

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