lunes, 20 de octubre de 2014

Un mar de confusiones

Un navío de guerra de la armada ateniense erraba perdido en el mar, lejos de tierra firme. Y dado el hecho de que esto sucedía durante el período culminante de la democracia ateniense, hace tan sólo unos 2,400 años, no había ninguna razón en absoluto que pudiera justificar semejante extravío. El ser humano llevaba siglos navegando ayudándose del Sol y las estrellas.
Ahora bien, este navío había decidido guiarse por las normas de la política en curso (la democracia) y no por las costumbres del mar. El capitán había celebrado una larga asamblea con su tripulación antes de abandonar el puerto, y al cabo de interminables discusiones en las que se escuchó absolutamente a todo el mundo, al margen de lo que valiera o no la pena lo que tuviera que decir, habían votado por mayoría que todas las decisiones relativas al funcionamiento del navío habrían de tomarse colectivamente.
Y ahora estaban totalmente perdidos. Pero a bordo iba también un hombre que casualmente era un excelente navegante. Sabía exactamente cuál era la posición del navío, y cómo llegar al abrigo de la tierra donde podrían encontrar agua y comida. Pero nadie quería escucharle. La cultura prevaleciente entre la tripulación desaprobaba la excelencia individual.
Pero la situación era desesperada. El capitán convocó a una nueva asamblea para decidir qué línea de acción habían de tomar. Muchos marineros y soldados tomaron la palabra. El navegante se esforzó por exponer sus ideas. A pesar de sobresalir en lo referente a las cartas de navegación y la orientación por los astros, era un tanto torpe a la hora de expresarse -las palabras no le venían con facilidad- y disfrutaba de pocos amigos y aliados entre la tripulación. El debate lo dirigía un orador meloso, el más carismático y persuasivo imaginable, que decía exactamente lo que la tripulación quería oír, pero no sabía absolutamente nada de navegación.
De modo que siguieron perdidos y finalmente murieron de hambre. Valoraron más la ignorancia colectiva que el conocimiento especializado. Valoraron más las palabras dulces y lisonjeras que la competencia y la integridad. Estaba influenciados por las apariencias externas más que por la sabiduría interior.

Relato adaptado de La República, de Platón

Más magia de la metáfora, pp. 127-128 

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