sábado, 1 de noviembre de 2014

Para ésa sí valió la pena


Un amigo mío iba caminando al atardecer por una playa mexicana desierta. Mientras caminaba, empezó a ver a  otro hombre a la distancia. Al irse acercando, se fue dando cuenta de que este nativo se agachaba, recogía algo de la arena y lo arrojaba al agua. No dejaba de lanzar cosas hacia el océano una y otra vez.

Al aproximarse todavía más, mi amigo advirtió que el hombre estaba recogiendo estrellas de mar que se habían quedado varadas en la costa, y las estaba arrojando, una por una, de vuelta al agua.

Mi amigo estaba desconcertado. Abordó al hombre y le dijo:
- Buenas tardes amigo. Tengo curiosidad, ¿qué es lo que está haciendo?

- Estoy arrojando estas estrellas de mar, de vuelta al océano. Verá, ahora la marea está baja, y todas estas estrellas de mar han quedado varadas en la orilla.  Si no las arrojo de vuelta al mar,  morirán por falta de oxígeno.
- Entiendo, contestó mi amigo, pero debe de haber miles de estrellas de mar en esta playa. Es imposible que termine con todas; sencillamente, son demasiadas. Y, ¿no se da cuenta de que esto, es muy probable, que esté ocurriendo en cientos de playas en todo el mundo? ¿No ve que simplemente no vale la pena?

El nativo sonrió, se inclinó y todavía recogió otra estrella marina. Al arrojarla de vuelta al mar, replicó:

- ¡Para ésa, sí valió la pena!

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