sábado, 20 de diciembre de 2014

La oruga que soñó volar


Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol, muy cerca del camino se encontraba un chapulín que le preguntó: – ¿Hacia dónde te diriges? Sin dejar de caminar, la oruga contestó: -Tuve un sueño anoche, soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó tanto lo que vi en mi sueño que hoy desperté y he decidido realizarlo.-
Sorprendido el chapulín dijo mientras su amiga se alejaba: -¡Debes estar loca!, ¿cómo podrías llegar tú hasta aquel lugar?, tu una simple y diminuta oruga, una piedra será para ti una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable.
Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó. Sus diminutos pies no dejaron de moverse hacia la cumbre, hacia su sueño ante el cual se había programado para alcanzar. La oruga continuó su camino. Al igual que el chapulín; la araña, el topo, la rana y la flor aconsejaban  a nuestra amiga oruga a desistir de su sueño. -¡No lo lograrás jamás!- le decían, pero en su interior había un impulso que la obligaba a seguir, tenía muy en claro su objetivo, lo que tenía que hacer para llegar a él y ésta era la programación que acompañaba su pensamiento.  Ya agotada sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar -estaré mejor mañana-, fue lo último que dijo y murió.
Todos los animales del valle durante días fueron a mirar sus restos, ahí estaba en un capullo el animal más loco del pueblo. Había construido como su tumba un monumento a la insensatez. Ahí estaba un duro refugio, digno de alguien que murió “por querer realizar un sueño irrealizable”.
Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno de aquello que se había convertido en una  advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos, aquella concha dura comenzó a quebrarse y a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podían ser  de la oruga que creían muerta. Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron  saliendo las más hermosas alas arcoíris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: una mariposa.
No hubo nada que decir, todos sabían lo que haría, se iría volando hasta la punta de la gran montaña y realizaría un sueño. El sueño por el que había vivido, por el que  había muerto y por el que había vuelto a vivir gracias a la programación que había elegido para cumplir su meta.  “Todos se habían equivocado”.


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