sábado, 24 de enero de 2015

La pareja perfecta, relato

Érase una vez una muchacha, de nombre Nadia, cuya belleza atraía a todos los hombres que la conocían; sin embargo y aun a pesar de ello, se encontraba turbada y sola. Sucedía que Nadia, tras las primeras alegrías del encuentro con sus encantadoras parejas, no tardaba en encontrarles defectos tan evidentes que decidía postergar la propia entrega definitiva que ella ansiaba. Y así pasaba el tiempo en el que Nadia, por una u otra razón, no lograba satisfacer su deseo más ferviente: crear una familia feliz y disfrutar de ella.
Tanto sus padres como sus propias amistades habían celebrado grandes festejos para apoyar su amor con algunos pretendientes, pero ella, al poco tiempo de tratarlos, sentía cómo su amor se marchitaba para seguir anhelando su ideal de pareja perfecta.
Algunas personas le decían que ello no dependía tanto de las cualidades de la pareja, sino que el problema estaba en ella. Sin embargo, Nadia no podía creerlo, ya que los defectos que acababa viendo en sus posibles compañeros eran tan evidentes que cualquier paso adelante significaría forzar demasiado las cosas.

Un día oyó hablar de un sabio que, según se decía, a todos conmovía por el consejo y lucidez que encerraban sus palabras. Aquella noche, Nadia, sin poder dormir, decidió acudir a su presencia e interpelarle sobre su problema. "Tal vez -se decía- me pondrá en el camino de ese hombre ideal con el que sueño".
A la mañana siguiente llegó hasta él y, trás exponerle su mala suerte, le dijo:
- Necesito encontrar la pareja perfecta; se dice que vuestras palabras son sabias, y yo, tras muchos intentos frustrados anhelo una solución. ¿Qué puedes decirme? Supongo que una persona de tu fama y cultura, sin duda habrá encontrado la palabra perfecta.
Aquel anciano, mirando con un brillo intenso en sus ojos, le dijo:
- Bueno, te contaré mi historia. A decir verdad pasé también mi juventud buscando la mujer perfecta. En Egipto, a orillas del Nilo, encontré una mujer bella e inteligente, con ojos verde jade, pero desgraciadamente pronto me di cuenta de que era muy inconstante y egoísta. A continuación, viví en Persia y allí conocí a una mujer que tenía un alma buena y generosa, pero no teníamos aficiones en común. Y así, una mujer tras otra. Al principio de conocerlas me parecía haber logrado el "gran encuentro", pero pasado un tiempo descubría que faltaba algo que mi alma anhelaba.
Entre una y otra fueron transcurriendo lo años hasta que, de pronto, un día... -dijo el anciano, haciendo una emocionada pausa- la vi resplandeciente y bella. Allí estaba la mujer que yo había buscado durante toda mi vida...Era inteligente, atractiva, generosa y amable. Lo teníamos todo en común.
- ¿Y qué pasó?, ¿te casaste con ella? -replicó entusiasmada la joven.
- Bueno... -contestó el anciano- es algo muy paradójico...la unión no pudo llevarse a cabo.
- ¿Por qué?, ¿por qué? -preguntó incrédula la muchacha.

- Porque al parecer -le contestó el anciano, con un gran brillo en sus ojos-... ella buscaba la pareja perfecta.

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