martes, 7 de abril de 2015

Manejo de sentimientos

Somos víctimas de las emociones que desconocemos y muy a menudo culpamos a los otros por ello.
 
Todos los sentimientos que podamos tener son legítimos. No hay ningún sentimiento malo, negativo o prohibido. Lo único que puede ser inadecuado es lo que hacemos con estos sentimientos, es decir, la conducta que se deriva de ellos...Por eso no tenemos que luchar contra ellos, sino tenerlos en cuenta, darles su tiempo, facilitar su expresión liberadora y reparadora, y conducirlos hacia una conducta adaptada a partir de lo cognitivo, lo fisiológicocorporal y el conductual...
Madurar emocionalmente significa darnos cuenta de que vemos a los otros, el mundo y las cosas que nos pasan deformadas por los lentes de las propias emociones.
 
Es más maduro sustituir los juicios de valor sobre los otros por los sentimientos propios hablando en primera persona...Utilizar aquello que nos disgusta o nos duele para adquirir unas habilidades más funcionales y adaptativas, para construirnos más positivamente.
 
Conviene distinguir muy claramente lo que es una crítica al comportamiento de una persona de lo que es una crítica a la persona.
 
Tenemos que mejorar emocionalmente para crecer como personas...aprovechar lo que no nos gusta para cuestionarnos cosas y conocernos mejor.
 
El hecho de que dos personas no se entiendan estando juntas no invalida a ninguna de las dos, que pueden seguir funcionando muy bien en otro contexto...El mero hecho de decirle a la otra persona que te cuesta entenderte con ella pero que te encantaría conseguirlo, y poner lo que puedas de tu parte o preguntarle qué le haría falta para que fuera posible, ya es en sí mismo una extraordinaria prueba de afecto.
 
Poder expresar en determinados momentos, de una manera emocionalmente primaria, un sentimientos de indignación, de injusticia, de opresión, etc., es necesario y saludable, siempre y cuando se mantenga un cierto control sobre la acción y posteriormente se sepa efectuar la lectura más serena y detallada del hecho, y adoptar una postura adaptada...En el terreno del sentir todo está permitido, en el de la acción no.
 
El equilibrio personal se construye a partir de sucesivos desequilibrios que poco a poco conseguimos superar positivamente...La falta de afectación no es síntoma de madurez sino de insensibilidad.
 
Es necesario aprender a tolerar la frustración y a sobrellevar el sentimiento de impotencia...A veces se nos hace creer que exite una solución para cada problema y que adoptando determinadas actitudes podremos con todo, cuando no es así.
 
El derecho a expresar lo que sentimos es en cualquier cado inalienable, pero tendremos que distinguir cómo, cuándo, dónde y con quién podemos expresarnos abiertamente, y acostumbrarnos a considerar sus posibles consecuecias.
 
Aquello que es desconocido inicialmente nos pone en guardia, nos produce una cierta sensación de desconfianza y una falta de seguridad. Como consecuencia, nuestra actitud no favorece la acogida, la relación, la confianza...Conviene no generalizar ("Todos son iguales").
 
El solo hecho de conocer y regular las emociones no nos garantiza que vayamos a mejorar como personas. El sentido último de la educación emocional ha de ser otro: el descubrimiento y la aceptación de la propia humanidad, en su sentido más amplio.
La educación de las emociones no es un remedio de urgencia para prevenir o evitar determinadas conductas y problemas psicológicos de la población actual, sino como una plena humanización y un pleno desarrollo de las potencialidades humanas. Más aún, es mucho más efectivo y recomendable iniciarla en momentos no conflictivos. Mal asunto si tenemos que recurrir a las estadísticas sobre depresiones, suicidios, violencia doméstica o consumo de drogas.
 
Si la finalidad última de la educación emocional ha de ser mejorar como personas, tendremos que educar nuestras emociones para estar afectivamente disponibles para el otro.

Des-edúcate
PP. 148-163

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