viernes, 22 de julio de 2016

Lenguaje simbólico


Fue Carl Gustav Jung, como señalábamos antes, quien empezó a utilizar los cuentos y el lenguaje simbólico como herramienta equilibradora, como una experiencia emotiva que sana nuestro corazón y nuestras entrañas.
El lenguaje simbólico sirve para abrirse a la dimensión de la conciencia y tiene grandes resonancias en nuestro interior. Su efecto es similar al de la música, que tiene la capacidad de transportarnos más allá de nosotros. Con el lenguaje simbólico sucede lo mismo. Además, nos libera de algunas limitaciones, lo cual nunca viene mal.
El lenguaje simbólico alimenta el contenido de las expresiones artísticas, los sueños, los cuentos tradicionales y los mitos. La diferencia está en que unos son producto de la creatividad individual
(sueños, poesía, literatura, música, arte) y otros de la creatividad colectiva, llegando a formar parte de la tradición de diferentes generaciones, de un pueblo, de una cultura, de una civilización y hasta de la humanidad. Con la denominación de «cuentos de hadas» tienen ese toque que une lo que llamamos real y lo que reconocemos como fantástico.
Estas antiguas historias, además, proponen «ejemplos», en un sentido amplio de la palabra, por su propia condición simbólica y por las creencias que comparten con todas las civilizaciones. Si estos cuentos trascienden el tiempo y el espacio, tal como lo hacen, es quizá porque aluden al mundo interior, al alma y al sentido de la vida.
La gran ventaja del lenguaje simbólico es que cada uno puede entender la realidad a su medida sin necesidad de lecciones magistrales. Nos convertimos en nuestros propios maestros porque escuchamos nuestra voz interior y a ese gran maestro que lo habita y al que tantas veces queremos escuchar pero no sabemos cómo. Así que en realidad en este libro te invitamos a emprender un viaje maravilloso hasta ese maestro. No se trata de aprender frases milagrosas ni recetas que parecen funcionarle a todo el mundo menos a uno. Se trata de reconocer nuestras propias herramientas y utilizarlas a nuestra medida. Y de paso podrás conocer tus ranas, tus princesas y tus príncipes, para que no te tomen por sorpresa cuando se sienten olvidados, ni te asusten o te esclavicen, sino para cuidarlos y permitir que sean felices y coman perdices.
Cierra los ojos y repite conmigo: «Érase una vez…» y déjate llevar por la magia. Si te asusta, basta abrir los ojos para salir del cuento. ¿Te vienes?


Coaching mágico para convertir a tu rana en príncipe
pp. 20-21 

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